Cuchillo sin filo

Ana / Rodríguez / De La Robla

Venecias

Los días previos al más pleno verano son los más propicios para el viaje. Las hordas de turistas inclementes aguardan a los meses de julio y agosto para devastar y depravar cuanto visitan. Los de mayo y junio, en cambio, son meses hospitalarios, sobre todo para el viajero interesado en traspasar las fronteras señaladas en la piel de una ciudad.

Venecia no tiene un rostro sino muchos. Eso ya lo descubrieron Paul Morand o Joseph Brodsky, Thomas Mann o Marcel Proust. Venecia es de por sí una ciudad para escribir, también es una ciudad inmensamente femenina. Algunas ciudades y algunas mujeres tienen en común el gran misterio que Ovidio deslizaba en su Ars amandi: "Que el amante no vea los frascos desparramados sobre el tocador: el artificio embellece siempre que se mantenga en secreto".

Amantes y viajeros son la misma cosa: arqueólogos alucinados en la noche y al alba asesinos en serie. En sus primeras horas, la ciudad se torna una mujer astuta, se guarda del instinto animal del soñador despierto. "El hombre es un dios cuando sueña" y un poeta indigno en la vigilia. Con cantos de hechicera la ciudad encubre sus maniobras algo torpes de 'boudoir', los afeites indulgentes con su hermosura raída, las desnudeces sucesivas de su piel capeada por los años. Aquí y allá las huellas, ante la mirada cóncava de lares y penates. Los cercos de humedad son palabras maculadas que afloran a los labios cárdenos del tiempo, un discurso venenoso de cónyuge cobarde, la venganza enquistada de un beso que fue de amor un día y ahora ofrece el tacto y el sabor del óxido en su lengua.

En esa descomposición y en ese odio, la ciudad levanta su reflejo airado, su identidad a merced del 'acqua alta'. Sólo en las aguas -también en el amor más terso e imposible- nada es y nada se destruye. La ficción del lienzo que se agita es una presa etérea y codiciada; su memoriosa perfección, su seducción de réquiem.

El viajero vaga por los canales tremolantes como un saqueador de tumbas, sin saber que el objeto de su expolio es la ceniza perfumada de los días.

Venecia, la mujer languideciente, se ofrece altiva y ondulada, melancólica y ajada. Su belleza decadente y su tristeza literaria me trajo el nombre de otra dama a la memoria: Cádiz.

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