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Rafael Padilla

Retórica vacía

NO esperaba soluciones del debate celebrado el pasado martes en el Congreso. Entre otras razones, porque no ha surgido todavía una sola voz experta y fiable que nos indique la posible salida de esta endiablada coyuntura económica que amenaza con desbaratar los propios cimientos de nuestra actual forma de vida. Pero sí aguardaba, con cierta ilusionada expectación, que Rodríguez Zapatero afrontara de una vez el problema con la claridad de ideas, la certeza en el diagnóstico y la fortaleza que el momento, crítico como pocos, reclama.

Para mi decepción -que es la de todos-, la comparecencia, además de llegar irresponsablemente tarde, no nos dejó sino generalidades, voluntarismos e imprevisiones.

Es cierto que el presidente reconoció, al fin, la gravedad de la crisis. Pero eso, aunque supone una aceptación implícita de sus errores anteriores (a estas alturas sólo cabe concluir que durante meses o nos mintió o manifestó una ignorancia suicida), ya no es suficiente.

Y no lo es, en primer lugar, porque uno tiene la impresión de que Zapatero no acaba de creerse la magnitud del desastre. El hecho mismo de que se contente con medidas a corto plazo -el recorte mínimo en gastos corrientes es anecdótico- nos revela que, a su entender, sigue siendo el tiempo el que lo recompondrá todo. De igual manera, su pomposa apuesta por el mantenimiento, y hasta por el aumento, de las coberturas sociales -sin duda políticamente rentable- parte de otra convicción descabellada: la de que el Estado tiene una infinita capacidad de gasto, a salvo incluso de una pérdida dramática de los ingresos que la sociedad le proporciona. Semejante estupidez no tiene más explicación que esa mezcla de incompetencia y propaganda con la que tan a menudo nos hipnotiza.

En segundo, y como consecuencia lógica de la "temporalidad" en la que confía, porque no fue capaz de acompañar un verdadero plan de creación de empleo estable que, superando la urgencia y fugacidad de los propuestos (lo de las inversiones municipales es flor, y marchita, de un día), nos encamine hacia la inevitable reforma de nuestro modelo económico.

Tampoco es suficiente, por último, porque parece carecer de sinceridad. Zapatero dice, en cada instante, exactamente lo que le conviene decir. Instalado en una absurda oposición a la oposición, su horizonte miope y sectario no alcanza más allá de la defensa numantina del timón, olvidándose de que el barco arde de proa a popa y de que llegó la hora en la que el juego partidista debe ceder ante la búsqueda generosa y sacrificada del bien común.

Sobró cloroformo y faltó grandeza. Ésa que propicia que los países se levanten ante la adversidad, que se sepan heridos y no se abandonen a su suerte, que se merezcan su futuro y jamás se resignen al capricho mortal de los malos vientos.

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