Régimen (político) de adelgazar

Al final, tras tanto fanatismo fofisano y protesta por activa y por pasiva contra la manía de la delgadez, me he puesto a régimen. A régimen dietético, sí, pero político, porque lo que me ha decidido no ha sido la báscula ni el espejo ni el cinturón y sus boquetes para atrás como los cangrejos ni las tallas entalladas de los pantalones ni las chaquetas menguantes. Ha sido un principio político de María Elvira Roca Barea en su ensayo Imperiofobia y leyenda negra. La autora se declara firme partidaria de los Estados delgados y fuertes frente a los Estados obesos y débiles. Yo también. La tendencia va en sentido contrario. He decidido actuar, pues, en mi esfera de competencia, y tratar de pasar, por lo menos, el señorío de mi cuerpo al primer grupo. Si lo logro, habré llegado a la utopía estética a través del ensayismo político.

Susana Díaz, en cambio, en su programa electoral para las primarias promete el oro y el moro, esto es, un Estado fofo y derrochón. Dispara con pólvora, si no del rey, sí del soberano: del pueblo soberano en forma de paganos de Hacienda. Eso, en el mejor de los casos, porque, si tanto plan de gasto a todo plan se imputa a la deuda pública, la pólvora correrá a cuenta de los reyes de la casa, de nuestros hijos, pobres, que serán -debido al descenso de natalidad- menos a pagar. Lo digo de Susana porque hoy es noticia, pero les pasa lo mismo a los socialdemócratas de todos los partidos, que son todos.

Lo que conlleva una tentación continua. Comprar votos con promesas. Los políticos del XIX lo hacían directamente. El conde de Romanones echaba mano de pillería y les decía a sus electores: "Vosotros me dais las tres pesetas que os ha dado mi rival por votarle, yo os doy un duro, y me votáis a mí". Le salía más barato y se ganaba fama de espléndido. Tamaña picaresca se le ha celebrado mucho, pero me parece todavía más redondeada la de comprar los votos con promesas a futuro que pagarán, en su caso, nuestros impuestos.

No digo, ojo, que esto sea necesariamente así ni, mucho menos, que se haga con alevosía. Ni siquiera descarto una auténtica inquietud social. Sostengo que, cuando el Estado es débil y tiene sobrepeso presupuestario por una dieta hipercalórica de impuestos, es más fácil que los políticos, al acercarse los períodos electorales o las negociaciones, hagan promesas fáciles y gordas. Como no puedo hacer otra cosa, me he puesto a adelgazar.

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