La esquina

Rajoy en el comedor social

NO es cuestión de escandalizarse y rasgarse las vestiduras, como hizo el PSOE, ante la visita navideña de Mariano Rajoy a un comedor social del sur de Madrid, regentado por la Conferencia de San Antonio de Padua, que socorre a los que no tienen nada que llevarse a la boca, ni siquiera en estas fechas.

Y no es cosa de escandalizarse porque es lo mismo que vienen haciendo todos los líderes políticos desde hace años: disfrazarse de lo que no son en un intento demagógico de aparentar que son personas sencillas que se preocupan de sus convecinos más necesitados. Que yo recuerde, sólo Julio Anguita se resistió cuando estaba en la pomada política a una tentación tan poderosa.

La política se ha convertido en un juego de simulaciones y apariencias. No importa tanto lo que se piensa y cree cuanto lo que se transmite. En todas las campañas electorales, y ya también cuando no hay campañas, los líderes se lanzan a besar niños desconocidos, abrazar a sus madres noveleras y fotografiarse en los mercados preguntando a las verduleras y los pescadores por unos precios que olvidarán en cuanto hayan cruzado el umbral, previa inmortalización del momento por cámaras y magnetófonos. Un baño de populismo barato y al alcance de cualquiera.

Yo hubiera creído en la sinceridad del gesto de Rajoy con una sola condición: que lo hubiera hecho en secreto, como una acción nacida de la convicción de que debía hacerla, igual de anónima que la de sus eventuales compañeros que servían aquel día el cocido gallego a los pobres de la zona y que lo seguirían sirviendo los días siguientes en testimonio de solidaridad, compasión o caridad... de todo aquello que no necesita salir en la prensa porque tiene sentido por sí mismo.

Esa condición no se daba en Rajoy, ni se da en actuaciones semejantes de otros dirigentes. El periódico que mejor trato dio a la visita de Mariano al comedor social explicó bien cómo fue el montaje: "la discreta comitiva salió desde Génova después del comité de dirección (...) Fue sin convocar a los medios, porque no era cuestión de montar un belén en plenas fiestas (...) Acudió Rajoy con un fotógrafo de cámara y algunos inseparables (...) ¿Qué? ¿Cómo lo has visto?, le preguntó un colaborador nada más salir por la puerta. Rajoy se sonrió y mentó a los hijos. Esta sí que es una buena Educación para la Ciudadanía (...) Luego se fue a comer".

Como cualquier persona de bien, sea de derechas o de izquierdas, Mariano Rajoy pudo haber sentido el deber moral de echar una mano a los que tienen hambre en la España del siglo XXI. También pudo hacerlo sin fotógrafo de cámara, comitiva, disfraz de cocinero y difusión por todo el país. Así habría tenido más valor.

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