fútbol El San Fernando CD vence al Córdoba B (0-3)

Cádiz padece una enfermedad crónica: sus gobernantes se preocupan más por exhibir su solidaridad con los vulnerables que por solucionar sus problemas. Como son incapaces de atacar de raíz los peores síntomas, se conforman con aplicar la política de la limosna con un discurso que puede servir para ganar elecciones, pero que no logra transformar la sociedad. Así por ejemplo, a partir de ahora, quienes paseen junto al Castillo de Santa Catalina verán una patera encallada -la que apareció en la Victoria- que le recordará el drama de la migración. Como dijo el alcalde, José María González, el Día de los Derechos Humanos, con ella se pretende golpear "las mentes de las personas". Felicidades, todos los seres de noble condición comparten sus palabras. ¿Pero quién se preocupa de verdad por aquellos que arriesgan su vida en el Estrecho para alcanzar Europa? ¿Qué pasa con ellos después? ¿Qué les espera a los niños que una vez que cumplen los 18 años se ven obligados a dejar los centros de acogida para buscarse la vida? Cuando alcanzan la mayoría de edad, ya sólo sabemos de ellos cuando rellenan las listas de desaparecidos de la Policía. Poco más.

También es fantástico que nuestros gobernantes traten de socorrer a los desahuciados por la crisis. ¿Pero qué se hace más allá de formar una cadena humana ante las fuerzas del orden para impedir lo inevitable? Por desgracia, no son capaces ni de fomentar el alquiler, y conste que existen 5.000 viviendas vacías. Los parados también necesitan un colchón social para solventar su día a día, ¿pero de qué sirve una paguita si no se trabajan estrategias formativas profesionales que reciclen a todos los que se quedaron en la cuneta? Situarse del lado de la gente que peor lo pasa es obligado, pero la política social y económica sigue siendo un auténtico desastre. Mientras no exista el obligado consenso para trabajar desde la unidad, las cifras de empresas gaditanas con más de 50 empleados serán para echarse a llorar, por muy sofisticada que sea la oratoria del político de turno. Cádiz lleva lustros soportando el declive de su economía con tiritas y zumito de naranja y miel, cruzando los dedos para quedarse al menos como está. Por no hablar de su industria, incapaz de ponerse a resguardo de los riesgos de un mundo globalizado que aporta tantas posibilidades.

La caridad evita que te duela el estómago por unos días, pero no devolverá el esplendor a Cádiz. Estaría muy bien ampliar los albergues y acumular alimentos y mantas para las entidades sociales que se dedican a taparnos las vergüenzas. Pero Cádiz necesita gobernantes que sepan manejar su destino para transformar su realidad. No se trata tanto de hablar como de impulsar iniciativas con chispa y sentido común. Pero lejos de ello, la oposición se dedica a poner piedras en el camino y el gobierno a mostrar su incapacidad para cambiar las cosas. La oposición ya no se conforma con recordarnos que somos pobres por lo mal gobernados que estamos. Por último trata de dirigir el Ayuntamiento. Y el gobierno, hondamente preocupado por los gatos y el nombre del estadio, reconoce que se equivoca, que muchas de sus ideas no tienen ni pies ni cabeza, pero implora que le dejen mantenerse en el poder: que al menos los proyectos más válidos pasen el filtro del pleno. Comoquiera que sus planes no llevan el sello de los partidos de la oposición, seguimos en la casilla de salida: alimentando los problemas en lugar de solucionarlos.

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