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Columna de humo

J. M. Benítez Ariza

Placeres

CUANTO más cara es una cosa, mayor placer sentimos al poseerla o consumirla. Hasta tal punto que, si nos dan a probar dos copas del mismo vino, y nos dicen que una es un tintorro corriente y la otra un gran reserva carísimo, nos gusta mucho más la segunda que la primera, y al paladearla experimentamos placeres sensoriales superiores. Así de tontos somos, según un estudio dirigido por el investigador español Antonio Rangel para el Instituto de Tecnología de California.

Ignoro el alcance de sus conclusiones, que tal vez expliquen por qué en política, por ejemplo, suele ser más atractiva la megalomanía populista que la sobriedad, o por qué en determinadas ocasiones condescendemos a beber bebidas que no nos gustan (caros champagnes, por ejemplo, o destilados dañinos), en vez de brindar con el tintorro que nos alegra las comidas. Lo primero es fácil de explicar: cuando vemos que un cargo público despilfarra su presupuesto, pensamos que tal vez podamos ser nosotros los destinatarios de ese despilfarro. Si en la presentación de un libro, por ejemplo, el concejal de cultura de turno gasta en los canapés el triple de lo que costó imprimir el libro, es fácil que se lo perdonemos si alcanzamos a pillar media docena de canapés. Un estómago agradecido no hace preguntas, aunque a la hora de pagar los impuestos nos duela ver cómo nos quitan el equivalente a un camión de canapés. Menos entiendo el caso de los que brindan con champagne (que no diré a qué suele comparársele) o con esa especie de matarratas que, según vox populi, sabe a chinches: tal vez un humanísimo impulso a no desentonar, a estar a la altura de las circunstancias, a dárselas de hombre de mundo.

Humanísimo es también, en fin, el hecho de que nos guste más una cosa si nos la cobran cara que si nos la dejan tirada de precio. Lo que nos causa placer no es el vino o la prenda en cuestión, sino la constatación de que podemos permitirnos desembolsar su alto precio; lo que, a su vez, viene a ser la prueba irrefutable de que la vida, quizá, no nos va tan mal como pensamos cuando evaluamos parámetros más serios. El mundo es un desastre, la economía está a punto de colapsarse, la humanidad ofrece cada día nuevos ejemplos de crueldad y vileza, el aburrimiento se enseñorea de nuestras vidas, nuestros esfuerzos no son reconocidos ni estimadosý Nada podemos hacer contra todo eso. Y entramos en un restaurante, pedimos una copita de rioja y el camarero nos da a elegir entre el vino de la casa, que cuesta ochenta céntimos la copa, y un gran reserva que cuesta tres euros. Miramos al tendido. La televisión esparce su estruendo letal sobre los parroquianos. El suelo está sucio, nuestras punteras rozadas... Qué poca cosa somos. Y decimos: ¡Qué diablos! Venga ese gran reserva. Y aquí van los tres euros y uno más de propina. Para que digan.

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