Papel de oficio

Luis Suárez Ávila

Pitucho

YO le temo a las vísperas de Navidad. Raro que estas fiestas de tanta alegría no se empañen con algún suceso luctuoso. Este año las vísperas han sido bien tristes con la muerte de mi compañero Miguel Antonio Sánchez Pardal, Pitucho, el siempre alegre, el jovial y divertido. Pero con su procesión por dentro. Desde muy joven, una transfusión de sangre contaminada lo tenía entre la espada y la pared. Pero nunca perdió su norte, su compostura ni su carácter festivo. Juntos, aquel año 1962, tradujimos, en Preuniversitario, un libro de Ab urbe condita de Tito Livio y la Vida de Pericles de Plutarco y, además, todos los días nos trasladábamos a la Cartuja de Jerez en la bicicleta Ruger 28 y en la Velosolex, o luego en la Derbi de 125, a dar clases de escultura con Don Juan José Bottaro Palmer. Allí aprendimos a sacar de punto, a tallar el cedro y el ciprés, a restaurar las esculturas y un sinfín de recetas de artista que Don Juan nos fue enseñando pacientemente. Luego las ejecutamos en aquel Niño Jesús que le restauramos a las tías Adelaida y Carmen Martín y en el enorme Niño Jesús, en su cunita, que había ante la cristalera del jardín, en el patio de su casa calle Larga, 22 de Jerez.

Aquella casa de José Sánchez Esteve y María Teresa Pardal, sus santos padres, nos acogía a una turba de amigos que penetraba por la puerta escusada de la calle Gravina y accedía directamente al piso segundo, donde estaban las habitaciones de los niños. Aquella casa luminosa, con su escalera imperial del XIX, presidida por el enorme cuadro de Fortún de Torres, de Rodríguez Losada, era paradero, lugar de tertulias y de fechorías juveniles -que lo que no inventaba uno, lo inventaba el otro-, de muchos hoy venerables padres de familia. Y me viene a la memoria la gran gruta de escayola que proyecté y que hicimos Miguel Antonio y yo para Nacimiento en el antesalón, acabadito de pintar, impecable, y que dejamos, entre el yeso y las pinturas, hecho cisco. Para colmo, María Teresa, su madre, me regaló, agradecida, un disco de tangos de Carlos Gardel que todavía guardo. Y es que los padres de Miguel Antonio eran santos por no habernos expulsado de aquella casa a todos los que pululábamos por ella. Mucho de la bondad y de la generosidad de sus padres heredó Miguel Antonio. Cuando terminamos la carrera de Derecho, cada uno tomó sus derroteros y, en vísperas de esta Navidad, me dio un vuelco el corazón y lloré al leer, tarde, su nombre en una esquela. "¡Compañero del alma, compañero!".

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