DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

Perder y ganar

MI entusiasmo por el deporte es descriptible. Me choca su carácter de religión posmoderna o, dicho con menos aires, la obsesión colectiva que nos embarga y que sigue comiéndose minutos de los telediarios. Me da lástima, además, que se engañe a la gente hablando de lo sanísimo que es. La experiencia demuestra que la inmensa mayoría de las lesiones las provoca tanto ejercicio exhaustivo y competitividad. Un paseo, un poco de natación, algo de bicicleta (preferentemente cuesta abajo o, si no queda más remedio, en llano), una tarde de barco, eso sí es saludable.

Sin embargo, como no soy dogmático, estoy entusiasmado con la final de 1.500 metros de Natalia Rodríguez y de Nuria Fernández. Los hechos son conocidos: Natalia intenta colarse por el interior y entonces choca con Gelete Burka, etíope, que cae al suelo. La corredora española -concretamente de Tarragona-, a pesar de trastabillarse, gana en la última recta. El público, con esa cara de circo romano que se le pone siempre a las muchedumbres, empieza a abuchearla. Ella, tras consolar a la etíope, se echa a llorar, mientras los jueces, tal vez presionados por el alboroto, la descalifican.

La imagen de Natalia llegando la primera y perdiendo luego entre lágrimas ha quedado asociada para mí al final del verano. ¿O acaso las vacaciones no han corrido como liebres y han llegado a la meta antes que nadie y, sin embargo, su tiempo récord nos sabe amargo y a derrota? Y me ha emocionado Nuria Fernández, dispuesta a renunciar al cuarto puesto con tal de defender el primero de su compatriota. Otra imagen de alto valor simbólico es Natalia Rodríguez envuelta en su bandera de España, llorando. Al menos desde Quevedo, pasando por la generación del 98, ser español es, entre otras cosas, llorar.

Pero no todo fue dramático. Qué femenina iba nuestra corredora con sus zarcillos, sus ajorcas, sus anillos y sus uñas pintadas. Y sobre todo, qué elegantemente ha asumido la decepción, reconociendo lo arriesgado de su maniobra y emplazándose para nuevas carreras. Ella, sin duda, hubiese preferido no tratar de aprovechar el hueco que dejó Burka, o aprovecharlo, pero sin derribarla, y haber ganado su carrera -que la habría ganado- sin incidentes y haberse venido a España con su medallita de oro.

No nos habría emocionado tanto. Lo suyo ha sido una derrota deportiva, o ni eso, una derrota reglamentaria, pero una victoria moral. Como esos fans que cuando llega el Tour se plantan un maillot amarillo o los que bajan a la playa con una toalla del Barça, yo estoy pensando seriamente comprarme unas zapatillas nuevas y echarme al asfalto, a entrenar.

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