Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Paquita Contreras

TRABAJAR en un instituto de secundaria te da un conocimiento muy vasto de un pueblo. Curso tras curso, uno trata a un montón de alumnos de diversas clases y conoce a muchos padres, también de varias clases. Ese roce a lo ancho está muy bien, pero quizá no sea suficiente para sentir un pueblo como propio. Debe completarse con un conocimiento más antiguo, más vertical, más hondo. En Puerto Real, que es donde trabajo, lo tuve y por partida doble y quién sabe si es por eso que estoy tan a gusto.

Dejemos uno de esos tratos de calidad para otra ocasión o para mis memorias o para mi memoria. Centrémonos en Doña Paquita Contreras Márquez. A veces protestamos muy airadamente de las malas noticias que traen a espuertas los periódicos, pero es imposible leer un día el Diario sin llevarse, como mínimo, una alegría. Puede decirse de sus páginas lo que Borges de la vida: "Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso". Leer en el periódico que Puerto Real va a nombrar a Paquita Contreras hija adoptiva a título póstumo y que se proyecta editar algunos de sus libros fue el paraíso mío del otro día.

Desde que llegó a Puerto Real, tras su boda con Fermín Sánchez de Medina, y hasta su muerte en el 2008 fue una figura clave en la cultura de su pueblo de adopción. Clave, y de peso: con la novela Historias de un pueblo sin historia quedó finalista del prestigioso premio Nadal, nada menos. Su papel en el grupo Madrigal resulta paralelo al que Dagmar Williams desarrolló para la cultura de Arcos y el grupo Alcaraván. Recuerdo la soleá de José Luis Tejada: "Tu pueblo es igual que el mío:/ una plaza, una bodega,/ un castillito y un río", y veo que se olvidó decir, qué tiempos aquellos, "y un grupo literario", pues cada pueblo y ciudad de la provincia tenía el suyo. Dagmar recibía en su castillo, precisamente, y Paquita en su rebotica; pero eso es una diferencia menor.

Hijo de unos amigos de su hijo Javier, conocí a Paquita bastante más tarde. Se tomó un interés inmerecido en mis inicios literarios, animándome y exigiéndome en persona y por carta. Ejercía su vocación de maestra, que no perdió nunca. En los comienzos, cuando todo aliento es poco, me lo supo dar; y animó a mis padres ante la perspectiva de tener un hijo escritor. La gracia de su prosa y las huellas de su vida siguen alentándonos.

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