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José Pettenghi Lachambre

Museo de los horrores (I). Las comuniones

EN aquella España beata, mal afeitada y analfabeta, era el día más feliz de tu vida, te decían. El día de la primera comunión. Te vestían de marinero, te llevaban de acá para allá y te regalaban la medallita con cadena, una pluma estilográfica con incontinencia precoz y un libro-álbum encuadernado en dudoso nácar. Y a casita que llueve.

Hoy, en este país wi-fi en el que los pastores ya controlan a sus ovejas por GPS, al llegar el mes de mayo todavía convertimos a los niños en emisarios de nuestra cursilería, en rehenes de nuestros prejuicios y en la coartada de nuestras miserias adultas. Explotamos a la infancia, abusamos de los niños ¿con qué derecho los disfrazamos de marineros o de monja enana? Si ellos pudieran elegir seguro que lo harían de Harry Potter, Spiderman o, qué sé yo, de Amy Winehouse. Si no los chantajeáramos con el MP4 o los videojuegos, seguro que pasaban siete kilos de la comunión. Si los padres no cedieran a la coacción de esos colegios tan finos y elegantes que aseguran -qué risa- que educan a todos los gaditanos de todos los barrios y toda condición social, se ahorrarían una pasta gansa. Y no se endomingarían como catetos y no tendrían que arrastrar a la celebración festivo-croquetera a una horda de primos y cuñados vestidos de mafiosos rusos en Torremolinos.

Hoy las comuniones rozan un esperpento que demuestra lo poco que progresa el país en estas cosas y que aún vivimos en el nacional-catolicismo. Hoy hay pocas cosas más tristes que un niño de primera comunión. De marinerito, bien de uniforme o de permiso "franco de ría" con cazadorilla tostada de uso posterior. O de arcángel o de reina si es niña.

La Iglesia sabe perfectamente que el rito religioso, un simple acto de recluta, sólo es un sórdido pretexto para el croqueteo, los regalos y el elogio del consumo. Es cierto que no tiene la culpa, pero tampoco hace nada por evitarlo, y ello la sitúa cada vez más en el ramo de la hostelería.

"Óscar ¿dónde haces la comunión?" "En la Venta Esteban" contesta el chaval.

Las comuniones son un anacronismo, como todo convencionalismo social. Y la materia de la que están hechos los convencionalismos son excusas del tipo "Todos nos terminamos doblegando", "¿Quién se niega cuando los demás lo hacen?", "No voy a señalar a mi hija". Excusas que nos convierten a todos en culpables, mientras la abuela del comulgante se pide al final del convite un Pilé 43. Otro anacronismo.

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