Mitad de julio

También hubo una España portátil. El nacionalismo posee un gen de autodestrucción que se me escapa

Leo ayer que el jefe de la Policía autónoma de Cataluña, partidario de la neutralidad estricta y el respeto escrupuloso a la Legalidad constitucional española, ha cesado o dimitido. Se están dando simultáneamente dos escenarios políticos en nuestras vidas: Venezuela y Cataluña, por resumir en cada una de estas palabras los complejos procesos históricos desencadenados por una vulneración completa de las leyes vigentes en ambos territorios, una república y una autonomía de España. Afortunadamente en el caso español no se da, ni por asomo, la repugnante violencia latinoamericana, que llena de vídeos domésticos infames las redes sociales. Pero apunta maneras esta aséptica "cirugía" ya habitual de dimisiones y ceses que llegan hasta el mismo Consejo de Gobierno. El que no está al cien por cien con el procés, el modo de llamar al golpe de Estado que pretenden dar el 1 de octubre, mejor que se haga "a un lado", es la consigna que añadir a la amenaza no velada del cantautor de L'Estaca. No es el vídeo de diez policías golpeando a un opositor chavista salvajemente, como para matarlo, ni el Tribunal Supremo de la República, absolutamente a las órdenes de Maduro, actuando contra el Parlamento o la Fiscal General, pero sí ese caldo nacionalista e independentista en el que piensan freír a todos los que se opongan al matarile del constitucionalismo y los constitucionalistas que viven dentro de esa Autonomía española.

En la mitad de otro julio hubo un golpe brutal en España. Aunque digan que muchos lo esperaban y lo sabían, lo cierto es que España se fue de vacaciones y eso determinó la vida de muchos. No me gustan los julios porque he leído muchas páginas que contaron el de 1936, lo que iba a durar nada tardó tres años de una guerra cruel, una guerra fratricida. Y cuarenta años de dictadura. La generosidad de unos y otros trajo un sistema constitucional a España, preparó un hogar para todos, holgado y cómodo, que ahora los independentistas catalanes, inopinadamente, pretenden dinamitar con un golpe anunciado. No me fío de mí mismo, ni mucho menos de la aguerrida alma española, mucho menos en esta mitad de julio en donde a punto están de sonar los cañones, los cornetines de órdenes de los generales y las descargas en los paredones de los descampados, las cunetas y las tapias traseras de los cementerios. O la variante venezolana del goteo de jóvenes asesinados por la Policía chavista y el país que fue hundido tras haber sido no hace demasiado un país portátil. También hubo una España portátil, la España del exilio y el llanto. El nacionalismo posee un gen de autodestrucción que se me escapa.

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