Más allá de sus evidentes connotaciones políticas, el affaire Cifuentes saca a relucir uno de los males endémicos del solar hispano: la titulitis, patología que muestra su fase más aguda cuando deviene en masteritis. ¿Para qué quería una mujer con reconocidas capacidades políticas un máster de segunda división sobre política autonómica? Parece claro que la madrileña, cuyo futuro pende de un fino hilo tras sus precarias explicaciones del miércoles y la llegada de su caso a la Fiscalía, buscaba algún tipo de legitimación académica inexcusable para cualquiera que quiera ser alguien en nuestro país. Al fin y al cabo, los diplomas colgados en los despachos son la heráldica de las clases profesionales contemporáneas. Un máster en Derecho corresponde a un campo de gules; otro en Ingeniería, a tres cabezas de moros.

No seremos nosotros los que neguemos las muchas ventajas que tiene la adquisición de un título para sobrevivir en esta jungla darwinista que es la vida, pero desde hace ya mucho tiempo -quizás desde la fundación de Salamanca-, la Universidad española se convirtió en una mera máquina expendedora de diplomas que en nada responde a ese "templo de la inteligencia" en cuya defensa se jugó el tipo don Miguel de Unamuno.

El plan Bolonia y su infinito mapa de titulaciones no ha hecho más que acentuar este mal endémico de nuestra educación superior. ¿Hasta qué punto esta patología responde a la obsesión del españolito medio de sacar unas oposiciones para la que siempre se requiere una titulación ad hoc? Ahí hay tema para una tesis doctoral.

Nuestras universidades están muy lejos de esos centros anglosajones en las que muchos de sus alumnos interrumpen sus estudios para realizar viajes iniciáticos o deambulan por los campus con un libro bajo el brazo sin otro objetivo que alcanzar una sabiduría para la que no existe ningún sello oficial. La paradoja es esta: sólo desde el desprecio al título se consigue ser un verdadero maestro en una determinada materia.

Ya en nuestros años mozos conocimos a más de un estudiante de Humanidades que logró acabar la carrera sólo memorizando apuntes y sin haber leído un solo ensayo.

La gran mayoría de estos memoriones tenían claro que su objetivo era prepararse unas oposiciones que les sirviese de pasaporte para la casta funcionarial. También nos topamos con algunos -muy pocos- que no llegaron a terminar la carrera, pero que hoy son los que portan la antorcha de la cultura más auténtica y profunda. Eso es algo que nuestra sociedad no termina de comprender.

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