Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Macbeth entre el fuego

SI usted quiere descansar de política, no le recomiendo que corra al cine a ver Macbeth. Es el único impedimento que se me ocurre. Porque la versión de Justin Kerzel es una maravilla, y la obra de Shakespeare, ni hablamos. Pero la ambición por el poder, que impera en la obra, no deja de provocar resonancias ineludibles con el momento político actual, donde los personajes también se revuelven y maquinan por lograr el cetro.

Claro que es imposible asomarse a Shakespeare sin que los ecos y los reflejos te asalten por todas partes. La serie House of Cards, sigue al pie de la letra el argumento de la tragedia: una esposa espolea las expectativas de poder del marido, al que lanza a una lucha frenética, sin freno, y de la que no dejará, cerca del final, de arrepentirse, horrorizada. Hasta en los detalles los guionistas han sido poco originales: la sangre en las manos de Kevin Spacey, o el hijo muerto de la pareja como una clave inquietante. Los préstamos de Juegos de Tronos son continuos.. A los anglosajones no les importa plagiar a Shakespeare quizá porque jamás lo superarán. Eugenio d'Ors aconsejaba que al plagio debe seguir el asesinato, esto es, que se debe anular la obra original o suplantarla. Eso es verdad, pero demuestra un instinto criminal que da miedo. Con Shakespeare, se puede perder cuidado, pues es inmortal, amén de insuperable. Lo imitan sin mancharse las manos de sangre.

También Tolkien hizo sus pinitos shakesperianos. Como suyos, más profundos que los de otros. En Macbeth se ve cómo avanza el bosque de Birnam, cumpliendo la rara profecía de las brujas: era la única forma posible de derrota del tirano. El bosque se mueve porque los enemigos usan sus ramas para camuflarse, pero Tolkien supo leer ahí el símbolo de que la naturaleza, la realidad de las cosas y el orden del mundo acaban rebelándose contra los tiranos y los malvados. En El señor de los anillos luchan los árboles, por los ents.

Un acierto extraordinario de esta película es que ese avance del bosque se escenifica con un pavoroso incendio que lleva el humo y las pavesas de Birnam sobre Macbeth. El bosque avanza, sí, pero mediante el fuego. Me temo que es una lectura de Shakespeare perspicazmente contemporánea, signo de los tiempos. La naturaleza lucha por el orden y el sentido, pero a través y tras su destrucción. Volvíamos a pensar en la política actual y en nuestro futuro, con un escalofrío.

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