POR montera

Mariló Montero

El Lejano Oriente

PRESIONADA por la hora del cierre de los comercios, entré a la tienda de comestibles como una exhalación ante el temor de quedarme sin pan para cenar. Cuando uno compra en estas circunstancias se conforma con poder conseguir lo necesario para solucionar el problema; en este caso, sólo quería eso, pan. La sensación de éxito que me invadió por haber cruzado la frontera del colmado, cuando ya estaba colgado el cartel de cerrado, me llevó a deleitarme en la compra prolongando mis deseos por otras estanterías. Sometí a mis ojos a todo tipo de pruebas tentadoras, frente a la bollería, los lácteos, hasta detenerme en lo que al final pensé que era lo más saludable: la frutería. Tras recrearme en la selección, decidí coger varios tomates.

Desde que entré, me percaté de que la dueña de la tienda vigilaba mis movimientos con más atención que una cámara de seguridad. Permanecía en alerta constante sin necesidad de salir del pequeño mostrador. Su desconfianza era tan intensa que parecía querer empujarme de los pasillos hacia la calle. En la pelea, ambas ganamos.

El hecho de que yo entrara a toda prisa para poder comprar el pan pudo provocar su celo. Pero mi comportamiento en el interior no delataba nada sospechoso. En cambio, el suyo, la tensión que mantuvo hasta que nos despedimos, no se rebajó ni un ápice. Y busqué la justificación hasta recordar aquello que dijo un psiquiatra de que "los vínculos de afecto hacen que los seres humanos seamos lo que somos". Si ella se mostró desconfiada desde que entré en su comercio, si estuvo observando cada uno de mis movimientos, si tenía prisa por cobrarme para que me marchara y quiso resolver el trámite de la caja con toda celeridad sin atender a mis amables y hasta simpáticos comentarios, me hizo imaginar que la experiencia social le lleva a tener ese comportamiento. Es decir, que le habrán robado varias veces y la habrán humillado otras tantas más. Si es ése el motivo, su actitud queda justificada. El que su hija estuviera a su lado y ésta le apremiara a compartir nuestra conversación también tiene su lectura sociológica: y es que los hijos de los orientales nacidos en España están cambiando o deberían cambiar la tendencia afectiva entre chinos y españoles. Son muy pocos los matrimonios entre ambas nacionalidades: no llegan a los quinientos en los últimos ocho años.

Me fui de la tienda con el pan debajo del brazo y una sensación agridulce. Dulce porque al final sonrió con nuestros comentarios y amarga porque esa sonrisa se le borró al echar la reja que separa dos mundos en la misma acera.

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