Su propio afán

Enrique García Máiquez

Juega el alavés

PRIMERAS espadas de Madrid vienen a darse baños de mar a provincias y, de paso, dan alguna conferencia o, como Pedro Sánchez, se hacen una foto con el alcalde de Chiclana, que menos da una piedra. Entre los conferenciantes, el alavés Alfonso Alonso, ministro de Sanidad desde que "el aborto se llevó por delante al anterior ministro", dijo él; "y a mucha honra", añado yo.

En su conferencia de El Puerto, en el club El Buzo, dio, además, mucho juego. Sorprendió por su brillantez, como suele ocurrir con los políticos de primer nivel que, en las fotos de los periódicos aparecen pequeños y recortados, pero que en las distancias cortas demuestran que no se llega a ministro (ni a ningún lado) sin un empaque.

La brillantez le hacía falta. Recordé un aforismo algo repugnante de Eugenio d'Ors, pero muy gráfico, que advierte que no es lo mismo tener las uñas brillantes que limpias. Es metáfora, claro, porque Alonso venía recién duchado, reluciente, pero, ni su simpatía ni su inteligencia ni el entusiasmo de una parte del público, más pepista que el PP, como se dice, podían obviar dos problemas que pesaban en el ambiente.

Por un lado, mientras el ministro exponía sus ambiciosos planes de política social y económica, caía a plomo una inevitable sensación de transitoriedad: ay, las próximas elecciones y la dificultad de formar gobiernos. Cuanto más hablaba él de la necesidad de políticas a largo plazo y del futuro extraordinario que nos espera, más se te encogía el ánimo. Alfonso Alonso apuesta sorprendentemente por el entendimiento con el PSOE, lo que tal vez sea una caída (con todo el equipo) en el pensamiento desiderativo de quien se mostraba en los demás ámbitos tan realista.

Luego, de fondo, otro borrón. El ministro de Sanidad tiene un buen ojo clínico. Por ejemplo, cuando diagnostica, justamente preocupado, la bajísima natalidad de España. No bastan las ayudas económicas con cuentagotas, reconoce. Hace falta cambiar la mentalidad, el apoyo a la familia, especialmente a la numerosa, la valoración social de la maternidad, la celebración sin ambages de la vida y un cambio cultural de la cruz a la raya. Ya, ya. Pero después falla en el uso de la farmacopea: por los principios no se empieza jamás, la cuestión le preocupa… ¡por la caja de pensiones! y, en el campo cultural y ético, no se hace (y, si se intenta, se lleva por delante, ya saben, al anterior ministro) nada de nada.

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