Jóvenes de hoy

Los jóvenes cada vez son menos y muchos han perdido la esperanza

Educar es de las cosas más difíciles e importantes que hay. Todos conocemos hijos tremendos de padres muy buenas personas, hijos ejemplares de padres que dejan mucho que desear y hermanos de un mismo padre y una misma madre muy dispares entre sí. Quién sabe dónde está el secreto para educar bien porque lo que está claro es que cada vida es un misterio y que lo que para un niño vale para otro puede ser perjudicial.

Se supone que ahora los padres en general están más encima de los niños y se implican ambos en su educación hasta el punto de adaptar sus actividades, comidas y ocio al gusto infantil. Padres infantilizados que crían eternos adolescentes sobreprotegidos. Ese es un perfil actual al que hay que añadir unos profesores sin autoridad ni prestigio y una sociedad permisiva y protectora con el niño hasta que crece y se vuelve insoportable y hace fechorías. No descubro ningún secreto si cuento que muchos padres llegan a la Fiscalía de Menores pidiendo socorro porque no pueden con sus hijos. Esta es una lectura muy superficial porque es cierto que en la criminalidad de los menores también concurren causas biológicas o genéticas, sociales y psicológicas.

Así, cuando los adolescentes despiertan de esa niñez sobreprotegida ven que todo es muy difícil y que la mayoría de los jóvenes si tienen trabajo es precario, mal remunerado y no se corresponde en muchos casos con el nivel de estudios. Saben que se tendrán que quedar en casa de sus padres muchos años y no tienen esperanza ni ilusión. Mientras, en la tele triunfa gente analfabeta sin mérito alguno. El ocio se reduce al botellón y a videojuegos de extrema violencia. Triste fotografía.

Aun dando por hecho que la educación tiene mucho de intuición, de cariño, de sacrificio y sobre todo de ejemplo, llego a la conclusión de que el verdadero esfuerzo que cabe pedirnos a cualquiera que tenga a un niño o a un adolescente a su alrededor es no mal influirle. La permisividad no ayuda a una persona a formarse. Darle la razón sin tenerla menos aún porque le volverá débil e intolerante. Todos, absolutamente todos, tenemos la capacidad de conseguir demostrarle a un niño que nos importa, que no le consideramos tonto y que tenemos esperanza en él porque con sacrificio conseguirá lo que se proponga. Los jóvenes cada vez son menos y muchos han perdido la esperanza. Pobre futuro para esta sociedad envejecida y desalentada que olvida sus mejores valores.

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