EL ALAMBIQUE

Enrique Bartolomé

José Manuel Péculo

NUESTRA tierra fue casi siempre desagradecida. En contadas ocasiones reconocemos a aquellos que destacan en cualquier faceta de la vida, y denostamos en ese baúl que permanece en la covacha, sus aportaciones y sus obras.

Hace ya un par de meses, en uno de esos deambulantes paseos en busca de los escasos acontecimientos culturales que se dan cita en nuestra ciudad, me tropecé con una exposición de pintura que me impresionó por sus sensaciones. Su autor, un portuense cabal y sin dobleces, José Manuel Péculo, me transportó por los rincones sin parangón de esta comisura de la bahía, que de pequeño pateaba en abundancia. Tan portuense de nacimiento que de corazón, que no sabría anteponer una circunstancia a la otra, José Manuel Péculo introduce sus pinceles en los recovecos de la memoria. Lugares de la infancia, hoy perdidos, adquieren viveza de sus manos, siempre atentas a la luz y al color del verde aceituno y acicular de pinares y cotos.

El olor también se introduce, casi de soslayo, entre los marcos inexistentes de una naturaleza que se resiste a quedar encorsetada. Las retamas despuntan y huelen. Y todo ese conglomerado de sensaciones me lleva, aún sin mi consentimiento, a adivinar los paseos que daba con mis padres desde La Puntilla hasta La Colorá. Péculo, a quien conozco desde siempre, pertenece a esa nómina de gente portuense que está orgullosa de su ciudad. Ejerce, como puede y cuando le dejan, su portuensismo, regalándonos su pintura y sus emociones al mismo tiempo de manera gratuita.

Soñar cuesta cada vez más. El desarraigo de lo que fuimos y la mutación del envoltorio de la ciudad en la que vivimos, hacen que busquemos y no hallemos.

A través de los cuadros de José Manuel Péculo comprendí la dificultad de amar lo que no se conoce; de la ingente tarea que tenemos entre manos cuando tratamos de explicar a nuestros hijos lo que El Puerto fue y de la complicada empresa de hacerles llegar nuestras sensaciones. Nunca imaginé que a través de unos lienzos impregnados en la calidez humana de un portuense, me transportasen de inmediato a lugares casi borrados del mapa por aquellos que se erigieron en defensores de sus propios intereses. Y que por ser de todos, ni siquiera nos pertenecen.

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