Jaula de grillos

Las cucarachas son grillos que un día tuvieron la pésima idea de abandonar la naturaleza

Con el calor escribo con la ventana abierta. Es un placer -la brisa- y un privilegio -los sonidos-. Escucho el ruido más refrescante de mi memoria: los aspersores en la noche. Incluso se cuela un poco de agua pulverizada. Me envuelve el murmullo más sensual: el borbollar de la piscina del vecino. Para las piscinas y los estanques tengo el alma de nardo del árabe español. Por compensar, sigo las conversaciones de los vecinos, que, como son norteamericanos de la Base, me sirven para practicar el listening, y escucho, sobre todo, a los grillos.

Me encantan. Están hermanados a las estrellas. Son su banda sonora. Se podría decir que su estridular responde al titilar de las estrellas. A dúos, estrititidulan. Y es divertido jugar en el jardín con ellos. Cuando te acercas, callan, pero, en cuanto les das la espalda, vuelven a grillar con fuerza. No sé quién juega con quién.

De pronto, sin embargo, se ha colado de un salto un grillo en casa. He temblado pensando en la noche que podía darnos. Los japoneses los tienen de mascotas, en una jaulita de bambú, pero yo los prefiero lejos, si no en Japón, en el jardín al menos. Lo que puede sonar bonito, evocador, veraniego y nostálgico afuera, bajo tu cama es un tormento. Fue un clásico, de hecho, meter grillos en las casas a las que se quería gastar una broma pesada.

Todas estas vueltas son las de mi conciencia. Porque fui a por un insecticida y le di un toque de spray al grillo. Me dije que era en legítima defensa. Que las cucarachas son grillos que tuvieron la pésima idea de abandonar la naturaleza. Y me habría autoconvencido si el grillo no hubiese tenido el gesto de morirse de inmediato, como si lo último que desease fuese molestar. El silencio del grillo difunto. Y como ya no podía pisar cerca de él para que se callase, taconeo esto con los dedos nerviosos en las teclas del ordenador, para evocar su canto, junto al de sus hermanos más prudentes, que siguen fuera, en el jardín.

La muerte es única para mejorar a la gente, dijo alguien con cinismo tras tanto obituario excesivo. No quisiera pasarme yo en el de mi grillo, pero tampoco quedarme corto. Quizá me vio tan aficionado que el pobre quiso venirse a cantar a mis pies, como un perrillo. Aunque teniendo tanto trato los grillos con las estrellas, lo natural es que lo de las distancias se lo tengan aprendido. Quizá él estaba hermanado a una perseida, lágrima de San Lorenzo.

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