RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Infeliz 2010

ESTE 2010 en que la lluvia ha sido un azote en la retina, un viento voraz concentrado en la acera, en unos cuantos cientos de troncos arrancados y casas inundadas sin una previsión, quizá no se presenta como el año más esperanzado hacia el futuro. Es sin embargo un año muy redondo, es un año 10, y encima hace muy poco se ha cumplido el veinte aniversario de la muerte de un baloncestista 10, que siempre lució el 10, en el Real Madrid y en la selección española y en la NBA, en los Portland Trail Blazers, Fernando Martín, que materializó en su juego el tesón entendido como diferencia inconquistable. No parece que este 2010 vaya a ser 10 en nada, ni vaya a tener tesón como concentración histórica, ni tampoco parece que los hombres y mujeres llevados a guiarnos entre los temporales económicos, en el Gobierno y en la oposición, hayan entendido ese legado de una generación que ya se nos está yendo, que nos está dejando, bien personificada en el olvido interior de Adolfo Suárez, en esa amnesia pública. Me gusta pensar que Adolfo Suárez está entre nosotros, porque en realidad lo está, y creer que ese legado, que personificó, de la oportunidad entendida como sentido de Estado, no se ha perdido enteramente, que de otra forma está, quizá aletargado, en una hibernación, pero que volverá como las uvas doradas de la última columna que no llegó a escribir Francisco Umbral. Me gusta, claro, soñar el porvenir. Y también esperar.

Hablando del sentido de la oportunidad, no es el momento de volver a darnos en la vara del tabaco. Cuando gran parte del sector hostelero hace ya mucho tiempo que acabó las obras impuestas desde el Ministerio de Sanidad para poder seguir albergando un espacio para fumadores, ahora resulta que ese dinero se ha echado en el saco roto de la arbitrariedad visible. Como siempre, no se castiga a los verdaderos culpables, nadie controla que las tabacaleras pudran sus cigarrillos con miles de sustancias cancerígenas que suman y fomentan la adicción, sino que se castiga, claro, al consumidor, que además paga al Estado su derecho a fumar. No es una buena manera de comenzar el año, y yo, que soy ex fumador, sigo estando con los fumadores, con su derecho a vivir como ellos quieran, por encima de tanta hipocresía que los condena a la calle mientras no se persiguen los usos industriales homicidas: yo no quiero un Estado que me prohíba fumar, sino que inhabilite duramente a quienes introducen la muerte en el tabaco.

Pero sobreviviremos. Al tabaco y a la pusilanimidad, a este maniqueísmo de salón que después no se ocupa de las cosas menudas, las que siempre conforman la argamasa del mañana probable. Sí, lo lograremos. Sobreviviremos a este 2010, y lo disfrutaremos con voluntarismo.

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