Honor y vanidad

Quizá todas son vanas, pero hay vanidades más honrosas y benéficas que otras

El poeta Auden dio una conferencia sobre Todo está bien si bien acaba de Shakespeare en la que apenas habló de la obra. Se salió por la tangente del honor, y con mucho tino. En mi blog recogí algunas de sus apreciaciones. "Lo primero que cabe decir del honor es que se trata de una norma de conducta que personalmente elijo respetar y que no espero que los demás respeten", y añadía que "el imperativo del código no consiste en un 'esto es legal y aquello está prohibido', sino en un 'esto no se hace'" y que, a diferencia del Derecho, respaldado por la coacción del Estado, "la razón de atenerse al código del honor es, por tanto, el respeto de uno mismo".

Auden seguía reflexionando con enorme interés, pero, a esas alturas, un lector ya me había objetado que, en el fondo del honor y su obligación exclusiva para uno, no para otros, latía el poso de vanidad de creerse mejor que ese resto al que el honor ni obliga ni tiene por qué. "Touché", admití. Aunque si ese resabio de vanidad lleva a alguien a asumir mayores obligaciones morales en vez de a solazarse con sus privilegios o a estirar el cuello, bien podríamos perdonársela, siquiera sea por la rareza. Auden lo explicaba sensu contrario unos párrafos más allá: "El código se corrompe cuando sólo pervive el sentimiento de superioridad. En el momento en que la gente se agarra a la idea de la superioridad, pero no obedece al código cuando éste le exige algún sacrificio, el conjunto entero se derrumba".

Suelo estar de acuerdo con Ambrose Bierce cuando define la autoestima como "una apreciación errada", pero, a renglón seguido, he de precisar que esa autoestima errada o la vanidad misma errarán menos o casi nada según en qué se basen y qué consecuencias tengan. Una vanidad barroca, que imponga al portador a portarse como un hidalgo, asumiendo compromisos, cumpliendo su palabra, amparando a los débiles y desfaciendo entuertos, puede dar lugar a ridículos quijotescos, sin lugar a dudas, pero también producirá una mejora personal. Una autoestima que penda directamente del éxito o del poder o del dinero, fomentará otros tipos de esfuerzos y de maniobras y, ocasionalmente, como la otra podría abocar al quijotismo, producirá, en sus casos más extremos, corrupción. La vida es tan arriesgada que, hasta cuando escogemos de lo que vamos a envanecernos, estamos imantando irremediablemente la fina aguja de la brújula de nuestro destino.

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