La esquina

Greenpeace en Dinamarca

LA situación que ha venido padeciendo hasta ayer el director de Greenpeace, Juan López de Uralde, preso preventivo en Dinamarca desde hace tres semanas, aislado y sin juicio, derriba todos nuestros esquemas mentales sobre la Europa nórdica, su desarrollo y su superioridad civil y democrática.

A ver. López Uralde, junto a otros tres activistas de Greenpeace, se presentó en la cena de gala con la que se clausuraba la cumbre contra el cambio climático celebrada en Copenhague. Pudieron pasar en dos coches con matrículas falsas del Cuerpo Diplomático y con credenciales del "Gobierno de la Madre Tierra. Greenpeace". Una vez en el interior, desplegaron las pancartas que contenían su mensaje de protesta: "Los políticos hablan, los líderes actúan". Fueron detenidos de inmediato, sin que intentaran acercarse a ningún mandatario ni ejercer violencia alguna.

En fin, una de esas manifestaciones originales, inofensivas y llamativas con las que Greenpeace y otras organizaciones llevan años llamando la atención y aumentando la sensibilidad ecológica del mundo. Desde entonces (17 de diciembre) y hasta ayer mismo López Uralde y sus tres compañeros han permanecido en la cárcel, acusados de suplantación de cargo público, falsificación de matrícula diplomática y allanamiento de morada. Este último cargo es el más grave, porque la morada en cuestión era una sede de la Corona danesa.

Vale que las autoridades de Dinamarca, enrabietadas por su fallo en materia de seguridad, intenten aplicar el máximo rigor penal a los activistas, pero ¿a qué viene mantenerlos en prisión preventiva y prolongar hasta hoy su comparecencia ante un juez? El argumento de que podían fugarse del país o destruir las pruebas que les incriminan, que es lo que se impone en casos de terroristas y otros peligrosos delincuentes, es de risa: las pruebas están claras y el riesgo de fuga se conjura con una simple retirada de sus pasaportes.

Bueno, sería de risa si no estuviera en juego la libertad de unas personas acreditadamente pacifistas y que nunca eluden la acción de la Justicia (al contrario: les sirve de elemento de propaganda de sus ideas). El trato que han recibido se podía esperar de sistemas políticos autoritarios -excluyendo la violencia física, claro es-, pero no de una nación con democracia consolidada y que, como Suecia o Noruega, estaba construyendo el Estado del bienestar cuando nosotros todavía andábamos en alpargatas y se ha caracterizado en estos decenios por su apertura ideológica, tolerancia y respeto a las minorías.

Cuando uno viaja a Escandinavia se maravilla de tanto progreso y de lo bien que funciona todo. Ignorábamos esta trastienda.

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