Hay que retroceder catorce años, hasta 1994, para encontrar números parecidos a los que hoy por hoy refleja el consumo de las familias españolas, que han cortado el grifo del gasto. No podía ser de otra manera. Sólo un extraterrestre recién llegado a España dudaría a estas alturas de la crudeza de la crisis. El propio Gobierno, a través de su secretario de Estado de Economía, David Vegara, ha reconocido que la ralentización del crecimiento económico, que en el segundo trimestre del año ha crecido un 1,8% en tasa interanual -ocho décimas menos que en los tres primeros meses del ejercicio-, "no es una buena noticia". Y aunque a renglón seguido y muy en su línea de intentar suavizar las aristas de la crisis, el Ejecutivo ofrece otra muestra de optimismo y casi justificación, apelando a que la economía española "resiste mejor en un contexto internacional complicado", los datos objetivos dibujan una realidad preocupante: menores cifras de comercio al por menor, ventas de automóviles en cuesta abajo y descenso en las carteras de pedidos. En los hogares, cuyo consumo se ha situado en su peor nivel desde 1994, las palabras del jefe del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, insistiendo en que España recuperará el camino de un crecimiento "razonable" en cuando la coyuntura internacional lo permita, han debido sonar a un exceso de confianza. Pero la situación es mucho más grave. Un informe de la prestigiosa Standard &Poor's recoge que España entrará en recesión, al tiempo que indica que Alemania y Francia responderán mejor a las dificultades. Y mientras tanto, los ciudadanos siguen asistiendo a la lucha política, sin visos de que los dos principales partidos acuerden un consenso desde el que paliar, en lo posible, los efectos de esta parálisis de la economía. Sería lo deseable: que unos, desde el poder, matizaran su optimismo, y otros, desde la oposición, suavizaran la fatalidad que transmiten.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios