Me llega un vídeo de la consellera de Educación del Govern catalán. En una comparecencia pública, le hacen una pregunta en castellano. La mujer intenta contestar, pero se hace un lío con las palabras y al final desiste. He buscado información sobre esta consellera -Clara Ponsatí- y me he quedado de piedra porque su historial académico es brillantísimo. Ha sido profesora de Economía en Sant Andrews (Escocia) y ha sido catedrática en Georgetown. También ha pasado por otras universidades norteamericanas de primer nivel, donde es seguro que ha tenido que hablar en español con muchos profesores y alumnos (el español es el segundo idioma en USA). Entonces, ¿cómo es posible que una mujer con esta preparación haya olvidado prácticamente el castellano? Sí, ya sé, me dirán que su idioma es el catalán y lo normal es que sólo hable catalán. Pero cuando una comunidad tiene la suerte de tener dos idiomas, es temerario -y profesionalmente suicida- abandonar por completo uno de ellos, sobre todo si es el segundo idioma más hablado del mundo.

¿Cómo es posible que alguien con tan brillante historial académico haya acabado así? Muy fácil: por fanatismo, que no es más que un empacho de prejuicios y de ideología, en este caso supremacista (ya saben: hay pueblos elegidos que están muy por encima de sus vecinos atrasados y corruptos). Un día, por razones que ignoramos, esta mujer vio la luz de la verdadera fe y abrazó la causa del independentismo. Y desde entonces se ha tragado toneladas de mentiras que ella, como economista experta, debería saber que sólo son eso, mentiras. Por ejemplo, que la Cataluña independiente seguirá en la Unión Europea; que el Barça seguirá jugando en la Liga Española; que la voluntad de un pueblo está por encima de todo el ordenamiento constitucional, esa teoría que el jurista nazi Carl Schmitt, tan admirado por los podemitas, llamaba "la democracia aclamativa"; y que el castellano, en fin, sólo es una lengua de patanes y gandules. Cosas así.

Creíamos que el fanatismo era cosa de gente atrasada y semibárbara que apenas había podido ir a la escuela. Pues no, ahí está la brillante consellera, con su currículum apabullante, haciéndose un lío en una rueda de prensa por no haber querido usar una lengua que le podía resultar muy útil para su vida profesional. Pues muy bien, enhorabuena.

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