Libre directo

José / Petthenghi / Lachambre

Escombros de realidad

EL Bicentenario, ese clásico del humor, no para de dar motivos de diversión. La verdad es que el Bicentenario es muy entretenido. Resumen: hasta ahora habíamos visto que "la dimensión pedagógica de la conmemoración" se había quedado en algún croqueteo y en las habituales reyertas entre las Mil Caras de la Junta y Teo y sus palanganeros. Muy amena la de la Aduana. Pues bien, el episodio de hoy, que seguro no es el último, se llama "La aventura del faro del castillo": Teo se siente gravemente agraviada porque la Junta ha anunciado lo mismo que ella quería anunciar, que el Castillo de San Sebastián tiene un faro. Toma ya. Y que van a hacer allí unas obras y poner algo bonito del Bicentenario para que vayan los turistas.

Hay que recordar que Teo dijo que quería poner en ese Castillo un "parque temático". Da igual, esa es la chispa para que asistamos a la enésima bronca. Teo nos hace creer que el Bicentenario lo ha inventado ella y que es suyo; y como tiene ese pronto, ese estilo pendenciero de hacer política, ya tenemos trifulca. Intervendrán en este episodio los inevitables arquitectos con su cháchara pomposa e interesada. Y tal vez se cree otro foro: el Foro del Faro o el Faro del Foro o algo así.

Irremediablemente el 2012 llegará y con él, la despolitización de la política, la nefasta idea de que la política es sólo gestión y que sólo se hace política a base de codazos y marrullerías. Se promocionará la ciudad, se fomentará la maltrecha economía y se restaurará el patrimonio arquitectónico, lo cual no está nada mal. Pero ¿y el patrimonio cívico?

El Bicentenario, me temo, servirá mayormente para apuntalar el poder político de los que ya lo detentan, para que gobernantes ignorantes y soberbios construyan en su memoria una ciudad ajena sin respetar la herencia recibida, en espacios cada vez más alejados de los ciudadanos, de su memoria colectiva histórica. El Bicentenario, me temo, será un melodramático espectáculo de "modernidad" entendida en términos de mercado, de vulgaridad y de pirotecnia de los adoradores del hormigón.

Pero la verdadera ciudad late bajo esa presunta modernidad, una ciudad agraviada por unos niveles de presión fiscal desmedidos, precio inasequible de la vivienda, paro, subempleo, envejecimiento mortal de la población y triste pérdida de habitantes. Y mientras, la imbecilidad, la incultura, la prepotencia y la especulación.

Cádiz de chamarileros.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios