El Alambique

Enrique Bartolomé

Enrique Ochoa

EN una mañana nublada y gélida en Madrid, me dispuse a disfrutar de la sensibilidad de un paisano tocayo, artista, polifacético y humanista, Enrique Ochoa (1891-1978), en el Museo Cerralbo. Desde el 28 de enero la exposición La mujer Ochoa. Modernismo y modernidad, organizada por la Fundación que lleva su nombre, con motivo del 125 aniversario del nacimiento en nuestra ciudad, que permanecerá abierta hasta el 26 de abril. Para no perdérsela. A decir de su Fundación, la muestra, que cuenta con 46 obras, es una buena oportunidad también para admirar los detalles que tienen que ver con la estética de la mujer modernista de la época, su vestuario, su maquillaje, sus poses y su forma de abertura a una nueva sociedad que tenía en París el espejo en el que mirarse.

El palacete que acoge la exposición, el Museo Cerralbo -inigualable anfitrión- construido entre en 1883 y1893 cerca de la Plaza de España, fue legado al estado por Enrique de Aguilera y Gamboa (1845-1922), XVII marqués de Cerralbo, aristócrata, miembro activo del partido carlista, coleccionista y arqueólogo. En opinión de Lourdes Vaquero Argüelles, directora del museo: "en sus salones nos podemos imaginar a las protagonistas de los retratos de Enrique Ochoa, desde el salón de confianza hasta el salón de baile del piso principal". De ello estoy seguro, sin duda alguna.

Como suelo hacer, días antes intenté conocer más de cerca la figura de Ochoa. Bucee -con la ayuda de la pluma de mi amigo Paco Arniz-, tras las pistas de este portuense universal, "trabajador incansable, artista prolífico y alumbrado multicolorista de El Puerto".

Este portuense -como nosotros-, contemporáneo y amigo de Picasso, García Lorca, Alberti, Rubén Darío o Andrés Segovia, hijo predilecto de El Puerto, quiso que sus restos reposasen donde nació. Hoy podemos dejar flores en su nicho situado en el patio 2° derecha, Sección San Canuto, de nuestro cementerio. Amigo de sus amigos, enamorado de nuestra ciudad, Ochoa dio recreo a la salada claridad de la Bahía, de sus colores, de sus sabores y de sus olores. Eso al menos me traje esa mañana, un poco menos gris después.

Como portuense me sentí importante. A pesar de que conocía la obra ochadiana, fueun descubrimiento encontrarme ante creaciones llenas de música; ante composiciones llenas de trazos; ante miradas llenas de vida.

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