EL ALAMBIQUE

Enrique / Bartolomé

Emas

EL mundo al revés. Nunca entendí bien por qué a numerosos portuenses se les ocurrió comprar en su día parcelas rústicas, edificar casas de manera ilegal y posteriormente aglutinar sus fuerzas en torno a organizaciones que defendiesen esas ilegalidades.

Es como -me decía un amigo- si unos señores se dedican a robar gallinas, luego a venderlas y posteriormente (creando unas organizaciones en defensa de los robadores de gallinas), utilicen todas sus fuerzas para que los políticos de turno hagan la vista gorda y los traten igual que aquellos que actúan de manera legal, con las tasas municipales correspondientes al día, por supuesto. Los que ahora se quejan de que el Ayuntamiento no autoriza las urbanizaciones ilegales, de calles estrechas y escasas zonas verdes y encima les niega la luz y el agua, son los mismos que en su día vendieron el piso de poco más de 70 metros cuadrados a buen precio y con ello compraron una parcela que sabían que estaba en suelo calificado como no urbanizable, se construyeron una casa de más de 100 metros con piscina incluida. Y eso es así, pese a que unos pocos se empecinen en hacernos creer lo contrario.

Sin embargo, somos muchos los portuenses que preferimos no vender nuestro piso, seguir pagando nuestros impuestos y disfrutar de nuestras calles asfaltadas y los servicios públicos correspondientes. Cierto es que cuando son muchos los que han cometido las irregularidades, las mismas no parecen tales. Tan es así que los políticos de todos los colores adolecen de la autoridad que les debe corresponder y alientan a esas organizaciones frente al resto de la población.

Lo peor no es el resultado de tantas ilegalidades urbanísticas juntas, sino que haya incluso gente de bien, respetada y autorizada que se dedique en los medios de comunicación a defender posturas indefendibles. ¡Cómo se puede decir sin sonroja que es mucho más sano y ecológico que las autoridades den el visto bueno a la urbanización de miles de construcciones ilegales para que no viertan en pozos ciegos!

Ahora, tras haberse saltado a la torera las normas urbanísticas más elementales, se pretende señalar con el dedo a aquellos que en su día denunciaron los desmanes y advirtieron de lo que se nos venía encima. ¡Pero en qué país vivimos!

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