La torre del vigía

Ana / Rodríguez / De La Robla

Educación

QUÉ difícil es delimitar el ámbito preciso de la educación. En estos días en que asistimos a la penosa batalla (ya sentencia) legal acerca de dónde clavar los postes de la valla, cabe preguntarse por qué continúa siendo la educación un arma arrojadiza y, sobre todo, un instrumento de manipulación de las conciencias con vistas a la formación de ciudadanos que ejecuten órdenes transmitidas a través de un chip instalado allá por donde Descartes situaba la glándula pineal, esa minúscula cosita que ponía en relación el alma con el cuerpo.

Con independencia de que estemos más o menos acordes con la redacción concreta de los textos que integran la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía, lo que debe hacernos reflexionar es la base ¿jurídica? sobre la que se sustenta la sentencia con que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía anula determinados contenidos de la asignatura en cuestión: y es que parece ser que plantear el respeto entre hombres y mujeres e intentar educar a los jóvenes en ese ideario obvio "invade la ética, el derecho y la moral", aparte de suponer una vulneración de la "neutralidad obligada del Estado". Mientras leo en la prensa estas descabelladas elucubraciones del TSJA, y a punto de caer en la tentación (irresistible, es cierto) de creer que la oligofrenia se ha apoderado de algunos de sus miembros, me pregunto por qué hay jueces que sistemáticamente se pasan por las corvas nuestra ley de leyes, esto es, la Constitución Española, con la mayor de las impunidades. El artículo 27.2 de la CE afirma que "la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales", artículo que, al parecer, nuestros sesudos jueces ignoran.

Apelar al supuesto derecho de los padres a educar a sus hijos en exclusiva dentro del ámbito doméstico (¿a la manera de Josef Fritzl, por ejemplo?) es una pretensión peligrosa, además de una entelequia en el sistema en que vivimos; por algo firmamos ya hace algunos siglos un Contrato Social con aceptación de áreas comunes y separación de poderes… aunque hace tanto de esto que algunos -en especial nuestros jueces- ya no lo recuerdan.

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