Échate en agua

Una de las cosas más importantes que debemos aprender es a aburrirnos

Hace unos días Enrique García-Máiquez escribía en estas mismas páginas contra el aburrimiento con muy buenas razones. Soñaba él con comprarle el tiempo a los que se aburren, hablaba de colocar barreras frente a las emboscadas del aburrimiento e incluso citaba al siempre citado Borges que sentenció que somos tiempo. Remató el artículo con un mecenas del tiempo que en la mili barría por él permitiéndole gastar su tiempo provechosamente. Impecable.

Quería Enrique comprar aburrimiento para ocupar el tiempo en cosas útiles. Yo lo compraría para gastarlo en estado puro, en puro aburrimiento, sin rédito ninguno. Porque no sería yo justa si no desagraviase al aburrimiento, si no le tributara un rendido homenaje por cuanto me ha dado en la vida. Una de las cosas más importantes que debemos aprender es a aburrirnos y creo que los niños actuales tienen tantos problemas porque no les han enseñado a aburrirse y a tirar de la imaginación. Nací en un tiempo sin maquinitas ni nadie pendiente de adaptarse a mis gustos infantiles. Si le decía a mi madre que me aburría me contestaba siempre con un enigmático y contundente "pues échate en agua" que nunca he sabido qué significa.

Cuánto le debo al aburrimiento, a misas que parecían pontificales interminables, a conciertos que no me interesaban nada, a caminatas para ver un cuadro, un árbol o cualquier supuesto tesoro que mis ojos de niña no alcanzaban a ver. Cuántos ratos perdidos de azotea, de sentarme en el suelo del pasillo supuestamente a leer. No voy a hablar de cuando mi padre quería rezar una especie de rosario corto llamado triságio porque aquello empezaba con bromas entre los hermanos y terminaba, ya que estamos piadosos, como el rosario de la aurora. Ni la letanía de "Ángeles y serafines dicen: Santo, Santo, Santo" nos libraba del mosqueo final. No nos portábamos bien, hay que reconocerlo.

En esos momentos eternos de aburrimiento se me ocurrían disparates que me parecían genialidades, planeaba cosas irrealizables, dejaba volar la imaginación por puro placer a sabiendas de que la realidad no era otra que la calva del señor que tenía delante en misa o el ratón que bailoteaba discretamente al fondo de una capilla.

Aún hoy, si quiero estar medianamente atenta en una conferencia, tomo notas para no distraerme y que la imaginación no me lleve desde una brillante calva a pensar una maldad inconfesable. No hay nada más creativo que el aburrimiento

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