La cornucopia

Gonzalo Figueroa

Crisis del amor vetusto

LA tradición oral nos viene haciendo llegar cientos de experiencias sobre la senectud, algunas dramáticas por inhumanas, y otras, que por suerte son mayoría, graciosas y aleccionadoras. Debo confesar que aprecio más las que comunican los mismos mayores, y si son ingeniosas, mejor, porque levantan el prestigio de los viejos, tan reconocido en la antigüedad y tan poco en la contemporánea. Vayan unos botones:

Lady Nancy Astor, inglesa por matrimonio, ganó por decenios y votación su asiento en la Cámara de los Comunes, y cuentan que al cumplir 80 años, manifestó que "siempre había temido envejecer, pues pensaba que no podría realizar todas las cosas que le gustaban; pero ahora que sí lo era, había descubierto que ya no le apetecían". Y el actor Bob Hope decía que uno adquiere conciencia de ser mayor "cuando las velas valen más dinero que la tarta de cumpleaños", lo que, en distinta época y circunstancias, afianza la afirmación de Mrs. Allonby, a la que Oscar Wilde, en Una mujer sin importancia, hacía decir: "Me fascinan los hombres mayores de setenta, porque todos le ofrecen a una la devoción de una vida…".

Pero la edad avanzada también trae consigo a veces situaciones crueles e intolerables, sobre todo cuando los familiares próximos, con buenas razones de paz hogareña, deciden recluir al anciano en un geriátrico. Y, obviamente, en la medida que me hago más viejo, las ocurrencias y avatares que afectan a las residencias de ancianos me van pareciendo más próximas y atinentes.

Leemos en este Diario que en un hogar sito en el Puerto de Santa María se habrían cometido malos tratos a los mayores allí residentes, por lo que sus parientes lo han denunciado al Defensor del Pueblo, que ha abierto una investigación. La empresa propietaria lo niega rotundamente, alegando que los resultados de las inspecciones periódicas de la Junta han sido por lo general favorables.

Ignoro, obviamente, quién tiene razón en este litigio. Pero tiendo a pensar que el internamiento de mayores, aunque formalmente cumpla estrictamente la normativa reglamentaria, suele carecer de dos elementos esenciales, cuales son el amor y la ternura. Por ello comparto la decisión del anciano de Tarifa del que nos habló en un reciente reportaje Shus Terán, quien, "dando la espalda a una sociedad consumista", vive solo en una cabaña y come lo que siembra, pero sin perder "un gesto afable" y "una risa incontrolable".

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