La cornucopia

Gonzalo Figueroa

Consejos de un inmigrante

NO me gustan las propuestas electorales del Partido Popular sobre inmigración divulgadas por Rajoy. Además, la legislación en vigor es suficiente para hacerlas innecesarias. Y me siento especialmente facultado para así decirlo por mi condición de ex sufrido inmigrante hispanoamericano, experto renovador de tarjetas de residencia. Afortunadamente, hace ya mucho que se me concedió la nacionalidad española, por lo que esa dura etapa pertenece al pasado. Y para reafirmar mi antedicha opinión, resulta útil recordar la importante población de españoles que, desde 1936 hasta después de iniciada la Segunda Guerra Mundial, emigraron a América hispana, siendo recibidos en cada uno de nuestros países con enorme cariño y solidaridad, permitiéndoles gozar de las ventajas de su nuevo refugio y escalar altos niveles de reconocimiento social. Digo esto en defensa y beneficio de mis congéneres que siguen viniendo a España para alcanzar una vida mejor. Do ut des, decían los romanos: "Dame como yo te doy", aplicando la simple ecuación de la equidad.

Cuando llegué hace casi 40 años, el español medio se autodefinía como "moreno, bajito, cejijunto y siempre de mala uva por carencia de sexo suficiente". Y yo agregaría que con poca afición al desodorante axilar. ¡Cómo han cambiado los tiempos! España es hoy un país moderno, higiénico, tolerante, libre y respetuoso de la autodeterminación ajena, individual y colectiva.

Ahora el PP pretende exigir a los inmigrantes tres requisitos: no cometer delitos, aprender castellano y adoptar las costumbres españolas. Los dos primeros, por obvios, no merecen comentarios. Pero eso de respetar -y adquirir- las costumbres españolas, es casi irrisorio. Y en el contrato individual que sugieren para poner en vereda a los salvajes de ultramar, ¿se impondrán los hábitos tradicionales de este pueblo ejemplar? Si así fuera, algunos corremos el riego de perder la ciudadanía, porque no me gustan los toros, ni las cañas al mediodía, ni el uso público de palillos, ni el carajillo, ni la manteca colorá que emociona a Miguel Arias Cañete. Tampoco asisto a misa, con perdón de los prelados. En cambio, la siesta me parece un logro cultural irremplazable.

Los que lo tienen más difícil son los africanos. Pero no todo es negativo: el idioma lo aprenderán si logran trabajo, con algunas ventajas en materia de prácticas alimenticias, porque aquí cada día se aprecia más la comida árabe. Y en cuanto a la poligamia, ya la practican muchos españoles en secreto.

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