La firma invitada

María Del Carmen De Cózar Navarro

Cien años de vida

HACE cien años, el 3 de enero de 1910, se inauguraba en Cádiz la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes. La conciencia de hermandad entre los pueblos hispánicos, entonces en boga, unida a la celebración del Centenario de la Guerra de la Independencia en nuestra ciudad, cuna de la Constitución de 1812, hizo nacer entre los académicos de la Sociedad Gaditana de Ciencias y Letras, creada en la centuria anterior, pero ya languideciente, la idea de renovarla poniéndola al servicio de los vínculos culturales entre los pueblos de habla hispana.

Podrá sorprender que Cádiz posea, entre otras singularidades, la de ser sede de una Real Academia de rango nacional como la Hispanoamericana. Pero el lector gaditano sabe que su ciudad nació y vivió por y para la navegación y, como fruto de su condición marítima, en ella floreció el comercio, la cultura y la libertad. Tampoco desconoce que Cádiz, codiciada como surgidero de la empresa española en tierras de ultramar, llegase a ser el emporio comercial que fue en el XVIII y, pocos años después, cuna de la Soberanía Nacional en 1812. Y no le sorprenderá que, aún mediado el XIX, fuese aún primera plaza comercial de España, con una población próspera, culta y de ideas avanzadas. Nada extraño, pues, que en el pensamiento gaditano reverdeciese la vocación ultramarina que hizo grande a la vieja ciudad de Hércules.

La llegada a Cádiz, en los primeros años del siglo XX, del poeta modernista Eduardo de Ory y del arqueólogo Pelayo Quintero y de Atauri para dirigir, éste último, el Museo de Bellas Artes, fue trascendental para el proyecto. Ambos habían desarrollado una importante actividad intelectual y, como estudiosos americanistas, se incorporaron con entusiasmo al empeño de los académicos gaditanos. En Cádiz encontrarán un gran valedor en una persona de reconocido prestigio, Cayetano José del Toro y Quartillers, médico, científico positivista y alcalde de la ciudad.

Lo primero que se hizo fue redactar y someter a aprobación gubernativa unos nuevos Estatutos. Se fijó en treinta el número de académicos numerarios, dejando indeterminado el de académicos protectores, de mérito, de honor y correspondientes, en proporción adecuada entre españoles y americanos. Los Estatutos establecían, asimismo, la figura de presidente de Honor, dignidad que fue ofrecida a la Corona, que la aceptó en la real persona de Don Alfonso XIII.

El real patrocinio ponía de manifiesto que, aunque gaditana por antecedentes nacimiento y sede, la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes era una institución nacional, de cuyos órganos de gobierno dependerían las Secciones desplegadas por diversas ciudades de España, Corte incluida, y también de América y Filipinas. Y este carácter y preeminencia han venido manteniéndose hasta nuestros días, si bien no siempre sin oposición, como tendremos ocasión de relatar en sucesivas entregas.

El 8 de noviembre de 1909 se reunía la primera Junta General en la Dirección de la Biblioteca Provincial para nombrar la Junta de Gobierno y proceder a la constitución efectiva de la Academia. La elección de director recayó en Cayetano del Toro y Quartilliers, a cuyo cargo de regidor municipal unía los de presidente de la Real Academia de Medicina de Cádiz y académico de número de Bellas Artes. Como vicedirector fue designado Victorio Molina, catedrático de la Escuela de Comercio y correspondiente de la Real Academia de Historia. Consiliarios serían Juan Luis Estelrich, catedrático del Instituto General y Técnico y académico correspondiente de la Real de San Fernando, y Felipe de Abarzuza, catedrático de Escuela de Artes e Industrias y académico de número de Bellas Artes. También se nombraron dos secretarios, Carlos Meany, cónsul de Guatemala y académico de Honor de Bellas Artes, y el ya citado Eduardo de Ory, académico correspondiente de la sevillana de Bellas Artes.

Como domicilio de la Academia se fijó, si bien sólo provisionalmente, el de Bellas Artes en la gaditana Plaza de Mina, donde había radicado la institución gaditana predecesora de la Real Academia. Se ponía, con ello, de manifiesto una relación singular entre Bellas Artes y la Hispanoamericana que se mantendría en tiempos venideros como una de las corrientes de las que se nutriría la vida de la entonces naciente institución.

El 3 de enero de 1910 a las ocho y media de la noche -hoy hace cien años- en el Salón de Sesiones de la Diputación Provincial de Cádiz, se celebró con gran solemnidad, bajo la Presidencia del Gobernador Civil, Martín Rosales, el acto de inauguración, ante lo más selecto de la sociedad gaditana. Pero la precaria salud del ilustre Cayetano del Toro, su principal impulsor y primer director, no le permitiría asistir, debiendo ser sustituido por el vicedirector, Victorio Molina.

La Revista de la Real Academia deja constancia del desarrollo de aquel evento. Después de la lectura de un poema laudatorio a la lengua española, Victorio Molina, por delegación del director ausente, pronunció el discurso inaugural en el que, con acento brillante y patriótico, expuso el concepto y fines de la recién nacida institución americanista e hizo alusión a la Lengua común como vínculo vivo y literario entre los países de habla hispana.

Cerró el acto el Gobernador Civil, quien, después de abogar por los vínculos de Cádiz con las diecinueve Repúblicas hispanoamericanas, declaró abierta la Academia en nombre de Su Majestad el Rey. Entre los aplausos se oyeron los acordes de la Marcha Real, que culminaron en un Viva a España.

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