Por montera

Mariló Montero

Charlie

CHARLIE vive dentro de sus ojos. Yo he conseguido hablar con él metiéndome en su interior. Clavé los míos en los suyos para dejarme caer en la hondura de dos cráteres en los que encontré un corazón volcánico que hierve fuego, lava y vida. Ahí está la vida. Sólo hay que dejarse caer en ella, pero por los únicos huecos que aparenta tener. Hay que valer, ya que pocas personas le ven así, me dice. En realidad, él vive como yo, dentro y fuera de sus pupilas, porque tiene todo lo que yo tengo con las lógicas diferencias sexuales. Lo que pasa es que yo veo desde fuera su cuerpo paralizado como una pared de cemento.

Sus piernas son dos grandes redondeles de acero cubiertos de goma con los que amortigua aquellos baches del camino de su vida y con las que torea las miradas que de soslayo le echan las gentes de la calle a las que les rebota el interés contra su propia frente. Su cuerpo está postrado todo el día, de toda la vida, en forma de cuatro. Él quiere inyectarse la vitamina milagrosa del Proyecto Foltra, donde es posible, en muchos casos, la recuperación de pacientes con daños neurológicos para hacer revivir alguna neurona que le permita usar sus pedales de carne y hueso. Puede que todo sea si consigue que le cojan el teléfono colapsado por llamadas de miles de Lázaros. Pero aún es una ilusión. De las manos mueve un poquito, alguno de sus dedos, con los que ha conseguido sacar la fuerza de hacer "clic" en el ratón de su ordenador para hablar con quien se quiera interesar por él. En sus años de parálisis no se ha atascado ni un segundo, ni ha parado hasta inventar un sistema para poder escribir en un ordenador lo que siente y piensa.

Charlie me ha enviado una carta personal a mi ordenador que leo como usted me lee a mí. Cuando leemos, solemos poner sonido a las palabras. A Charlie le he puesto un timbre grave y sereno que me gusta. Quizá me ayuda a ello haber podido escuchar el sonido del borbotón de su lava. A Charlie le gusta mucho hablar, a su manera. Con su mujer, Puri, se comunica con el obturador de los párpados. Cuando Puri quiere hablar con él se acerca mucho a su cara para fijar sus ojos en las pupilas. Sobre ellas vierte en chorro un abecedario desordenado, pero metódico entre ellos, que abrevia el mío. Han relegado las letras que menos usan poniendo primero las que más utilizan. Como un remolino de agua que se choca con las piedras del fondo del río, Puri declama las letras que Charlie va apartando con un parpadeo. La frase la montan tan rápido como mi pensamiento.

Charlie vive en cautiverio dentro de su cuerpo. Mientras espera que los milagros no se agoten, el ordenador le ha quitado las ruedas y su condena al silencio vocal. La incapacidad de comunicación es de quien no busca en sus pupilas.

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