Su propio afán

Enrique García Máiquez

Castillos de arena

CON niños, los planes del verano adquieren una inesperada precisión kantiana. Todos los días, idénticos, incluso en sus contratiempos y retrasos. Hasta el amante de la rutina acaba dando la bienvenida a alguna novedad. Un concurso de castillos de arena patrocinado por la obra social de Cajasol, resulta, en efecto, una obra benéfica: una sorpresa en el protocolo de bajar a la playa cada mañana a las once y diez en punto.

Castillos de arena se hacen todos los días, pero la competitividad daba otra tensión a la orilla. Aunque "competitividad" suena demasiado gurú. Siendo castillos, el concurso era justa o torneo. Y nos hacía caer en algo: los niños no hacen viviendas de protección oficial o rascacielos de oficinas o chalets. Ni la loable conciencia social ni la excitación del capitalismo ni los encantos de la burguesía tienen el atractivo teocéntrico del Medioevo. No extraña que los de Podemos sean tan partidarios de expandir las barbacoas por todo el litoral. Para contrarrestar.

Cuando más flotaba en mis ensoñaciones reaccionarias de cuentos de hadas, san Jorges y dragones, sobrevino la catástrofe. El jurado falló su premio y una horda de niños frenéticos, como si estuviésemos en una escena de El señor de las moscas, se lanzó a pisotear las murallas altivas y las orgullosas torres. Ni siquiera perdonaban a los vencedores, lo que habría tenido un punto fallero de más, aunque también un halo, al menos, meritocrático. Verdad que el mar con sus despiadadas mareas lo hubiese arrasado todo; pero habría sido el mar y lo malo de los niños era el placer en el furor. Si hacían eso con sus propios y esforzados castillos de arena, qué no harían con mis frágiles castillos en el aire. Ahora que tanto se habla de nuevo de leyes de enseñanza, no sé si alguien recuerda lo importante de educar en la sensibilidad, en la misericordia, en la conservación.

Pero no quiso mi suerte que cayese al foso de la desesperanza. Cuando tocaba (horarios implacables, ya digo) subirse a casa, vi que varios niños se habían puesto a levantar, sobre las ruinas, nuevos castillos. Comenzar: paradójica misión del conservador. Se supone que es quien procura evitar la destrucción, y sí, aunque ésa es apenas la mitad de su tarea; la otra es crear cosas que merezcan conservarse. Y, cuando las destruyan, volver a alzarlas. La maldición de Sísifo, sí, pero Sísifo, fíjense, es el que afirma -sí, sí- tenazmente.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios