La esquina

Campeones de Europa

ESTA vez, excepcionalmente, la historia ha sido como nos la merecíamos. A veces el fútbol es justo, y la final que acaba de terminar cuando escribo hizo justicia a todo un campeonato.

Porque no es que España fuera netamente superior a Alemania durante casi todo el partido. Y no sólo superior: avasalladoramente superior. Le dio un baño. Lo significativo es que ha sido la selección que mejor fútbol ha hecho en toda la fase final de la Eurocopa, después de una trayectoria sinuosa y llena de interrogantes durante la fase clasificatoria. Por eso digo que nos merecíamos la victoria.

Y han tenido que pasar cuarenta y cuatro años -y un régimen político y un cambio radical de sociedad-, para que Torres viese realizado su sueño proclamado de ser el autor del gol que vale por una copa de Europa. Marcelino metió de cabeza el gol que derrotó en 1964 a la Unión Soviética, que para los españoles adoctrinados de entonces era un enemigo mucho más que deportivo. Torres metió anoche el suyo con el pie para darle la puntilla a un país amigo y aliado, la locomotora de la economía europea.

El resultado es el mismo, España campeona, pero ahora sabe mejor. Es una victoria como más de todos. Tiene menos significado político y más significado social y cultural. Inexpropiable por ninguna fracción o bandería, plenamente colectiva y universal, con las excepciones conocidas que ya van aviadas con sobrellevar su propia irrelevancia. Nunca han visto ondear tantas banderas rojigualdas ni entendido que, al contrario de las suyas, sean enarboladas con ánimo de concordia, integración y generosidad. Banderas que no agreden, sino que abrazan.

Necesitábamos una buena dosis de autoestima. Nos la ha dado una generación de jugadores con más talento que furia, jóvenes de la nueva España europeísta y democrática, ajenos a los mitos totalitarios que alimentaron a sus abuelos, sin telarañas de designios imperiales ni complejos de fracaso o de culpa, que hacen bien, muy bien, su trabajo, capaces de vadear los cantos de sirena de un ego desatado por todo lo que rodea al fútbol (la fama, el dinero, el protagonismo mediático) para sumergirse en un esfuerzo común teñido de compañerismo y entrega.

Podemos, gritaba el lema que alguien inventó para que todos lo hiciéramos nuestro. Resultó que sí, que podíamos. Podíamos triturar el maleficio de la Eurocopa de 1984 y de todos las competiciones siguientes. Vale, es sólo un juego que no arregla ninguno de nuestros problemas. Pero es el juego más apasionante y azaroso que se conoce. Ocurre que esta vez ha sido justo. Hemos ganado porque merecíamos ganar. Campeones sin trampa ni cartón.

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