de todo un poco

enrique / garcía-máiquez

Calaveras y escombros

NO le quité ojo de encima durante la cena y le fui susurrando al oído, a lo largo de la noche, lo guapísima que estaba. Era, como han deducido, mi mujer. Y en casa, volví a alabarle el pañuelo que llevaba al cuello. Soltándoselo, um, soltándoselo, me lo mostró de cerca. "¡Horror!", salté hacia atrás. Sobre un fondo rojo sangre, diminutas calaveras blancas. El ojo que no le quitaba de encima era de miope. Vio mi cara de espanto, y contraatacó: "Son sólo como florecitas". Más espanto. Nueva defensa: "¿No se ponían tus maestros barrocos una calavera en la mesa de la celda? Pues esto es lo mismo".

"Esto, querida, es todo lo contrario", quise explicarle. La calavera barroca, en los monumentos o en los cuadros de Valdés Leal, recordaba la terrible muerte, y lo que hacen las calaveras usadas como adorno -que cada vez se usan más- es trivializarla. Este pañuelo, esos bolsos, esas camisetas, esas pulseritas tienen algo de obra de caridad invertida: no enterrar a los muertos, como los zombis de Halloween y de las series de televisión.

La cosa, piratas aparte y con precedentes en la Revolución Francesa, viene de los estertores del siglo XIX, cuando se impuso un arte que, a la vez que negaba la vida eterna ("tendrán interés en hacerlo", sugirió Baudelaire, que sabía de lo que hablaba), cayó en el nihilismo, arremetiendo contra el amor, el hombre y la naturaleza, como nos explicaba hace poco la poeta Inmaculada Moreno en su discurso de ingreso en la Academia de Santa Cecilia. Los largos coletazos estéticos y políticos de esas negaciones ocuparon el sangriento siglo XX.

En los últimos tiempos, el nihilismo ha descubierto el marketing y viceversa. Un ejemplo de peso es el montón de escombros de Lara Almárcegui que, a precio de oro, por supuesto, nos representará en la Bienal de Venecia. Para la marca España, como dicen, presentar una pila de basura urbanística no parece hoy lo más oportuno; pero el fondo es todavía peor. Los escombros significan, como las descarnadas calaveritas, que el arte y la vida se han vendido al manido discurso nihilista. Lo encuentran subvencionado, confortable y hasta guay.

Yo soy partidario de rebelarnos al grito de "las posturas incómodas son las elegantes", según propuso Vicente Núñez, y ponernos del lado de la vida y la creación en todos los órdenes. A Lara Almárcegui no creo que la convenza. A mi mujer…, no sé: la moda es un adversario temible.

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