Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Caballería andante

HACE unos años me propuse escribir una loa a la policía. Sentado cómodamente en mi coche, vi cómo dos agentes bajaban del suyo a toda prisa para asistir a un mendigo que se había desplomado en plena calle. La preocupación por él y la atención solícita me recordaron al ingenioso hidalgo en su disposición de asistir al débil en cualquier circunstancia. Sin embargo, el artículo se me pasó. No recuerdo qué ocurrió entonces, si algún país dejó la Unión Europea, si se nos venían encima unas elecciones generales, si había estallado otro escándalo, si el populismo estaba a las puertas o si los mercados se hundían. La actualidad no da un respiro. Pero esta vez resistiré. Y hablaré de la caballería andante, digo, de la policía.

A las dos y media de la noche de la noche de San Juan sonó el timbre de casa. Me asomé y vi el cielo iluminado por un incendio a la altura de los árboles. Unos gamberros habían prendido la valla de brezo del vecino de enfrente. Salí por si podía ser de ayuda y ya estaban allí seis o siete policías. Habían llamado a casa preocupados de que pudiese haber alguien en la casa de la valla en llamas. Les dije que no, que era de veraneantes, pero en el tiempo que yo había tardado en salir, ellos habían saltado y estaban dentro. La casa de ese vecino tiene unas cristaleras de espejo, del mismo cristal que aquellas gafas color mercurio que vendían en las ferias de nuestra primera adolescencia. Los policías no lo sabían y pensaron que el fuego allí reflejado estaba en el interior de la vivienda. Por eso saltaron sin pensárselo.

Mientras llegaban o no los bomberos, que tenían, me explicaron, una noche de espanto a cuenta de San Juan -que es inocente, el pobre, de tanta tontería, les expliqué yo, que no pierdo una ocasión de defender al santoral-, los policías cogieron las mangueras del vecino de al lado. Es norteamericano y los policías le daban unas órdenes nerviosas ("Encienda, caballero, por favor, encienda, coño") que el otro entendía a medias. Pero la cooperación atlántica dio sus frutos y cuando llegaron los bomberos pudieron certificar la extinción del fuego.

Entonces se fueron pitando (como al galope) a sofocar una pelea de adolescentes. Quedé solo, a las tres y media, ante un paisaje solitario, humeante y empapado, admirado. Pasase lo que pasase, esta vez el artículo de la caballería andante (y en el centenario de Cervantes, además) no se me escapaba.

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