De poco un todo

enrique / garcía / mÁiquez /

Bien, mal y nada

DDe la comparecencia parlamentaria de Rajoy, veo una cosa buena, otra mala y una posibilidad que, por desgracia, no veremos. La buena es que nos ha puesto a trabajar en agosto, sobre todo a sus señorías. Quizá Rajoy fijó la fecha, tras tantas reticencias, esperando a que, ya metidos en las vacaciones, se nos pasara por alto. Error, porque el caso Bárcenas, que ha sido el culebrón político de la primavera, lleva trazas de convertirse en la serpiente periodística del verano. Con todo, ha transmitido cierta imagen de laboriosidad en las Cortes, que hace mucha falta.

Rajoy estuvo brillante, sí, pero eso no lo veo positivo. Pasó con su intervención como, según Eugenio d'Ors, sucede con el estilo, que, como las uñas, resulta más fácil tenerlo brillante que limpio. Lo oscuro suyo fue la base de su tesis: "Me equivoqué -dice Rajoy-, así que soy inocente". Hombre, mi madre, que no había estudiado Derecho, cuando me excusaba con un "Lo hice sin querer", respondía que lo daba por supuesto, que si lo hubiera hecho queriendo me internaba en un reformatorio. Si yo me amparaba entonces en un "Pensé que" o un "Creí que", ella, rauda, me recordaba el parentesco estrecho con Don Tonteque. En realidad, mi madre aplicaba una categoría jurídica esencial: se puede ser responsable por dolo, esto es, queriendo, pero también por culpa, o sea, por falta de prudencia o diligencia. Parece evidente que Rajoy tenía la obligación legal de haber visto que el tesorero, nombrado, sostenido y amparado por él, se lo llevaba calentito.

Si su recurso al sentimentalismo del "¡ay, qué engañado fui!", le sale bien, hará un flaco favor a la sociedad española, muy necesitada de ejemplos de asunción de responsabilidad y de seriedad profesional. En resumen, que si en lo jurídico, el argumento es malo; en lo ético es peor.

¿Qué podría hacer? Para la gobernabilidad de España y su recuperación, que muestra signos positivos, desde luego no conviene nada que el presidente del Gobierno dimita ahora ni esto, por lo que se sabe, lo merece. En cambio, Mariano Rajoy sí podía haber dado un gran ejemplo político -que es lo que no veremos- reconociendo la equivocación en la gestión interna del partido, como ha hecho, y, en consecuencia, abandonando la Presidencia Nacional del PP. Esa medida contriburía, de paso, a una cierta separación de poderes entre el Gobierno y el aparato político, que tampoco nos vendría mal.

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