de todo un poco

enrique / garcía-máiquez

Barquitos

ES la cuarta vez que me pongo a escribir este artículo en 24 horas. Quise escribirlo de las últimas novedades sobre el follón catalán, mas no ha dejado de haber cambios: Mas que si no, Rajoy que qué bien, Esquerra que fatal, Mas que si sí... No hay manera de seguirles el paso. Lo bueno es que este artículo quedará tan precipitado e improvisado como todo lo que hacen.

Quisiera tomármelos en serio, porque de fondo está España y su destino, pero nos lo ponen muy difícil. Se diría que andan jugando a la silla, dando vueltas mientras suena una música, que, de golpe, se para y van corriendo a culazos a ver quién se sienta y quién no. Y los veo, sobre todo, jugando a los barquitos, tratando de adivinar las posiciones del otro y escondiendo las suyas. De vez en cuando a uno, de casualidad, le aciertan. Tocado. Y a seguir con las casillitas y la mano puesta por delante para despistar al contrincante. Mientras tanto, alrededor se les está montando la tormenta perfecta, entre las ilusiones desatadas de unos por un imposible legal y la corrupción de todos, que hace más incomprensible tanto jugueteo.

Porque el juego no es un metáfora. En el fondo, tanto Mas como Rajoy quieren dos imposibles cruzados. Artur Mas pretende llegar a un resultado ilegal sin saltarse la legalidad y Mariano Rajoy pretende mantener la legalidad sin aplicar la ley. Mas quiere acabar con la Constitución española, del artículo 1 en adelante, pero sin que puedan afearle nada los tribunales, dándole a todo una cobertura de legitimidad democrática. Esto es, un imposible metafísico. Tampoco se queda corto Rajoy. El presidente del Gobierno de España quiere mantener la Constitución sin aplicarla. Que nadie le exija, ni de broma, aplicar el artículo 155, que vendría que ni pintiparado para esta situación, ni siquiera sugerir que en Cataluña se cumplan las sentencias del Supremo, qué va. Y las leyes de educación tampoco. Rajoy aspira a mantener un ordenamiento jurídico que ni se tiene ni se sostiene.

Cada uno enfrentado a su propia paradoja, no les queda más remedio que jugar. En realidad, juegan al escondite: a ocultar cada uno su propia incoherencia. Y para hacerlo escogen encogerse tras la sombra del contrario, en un continuo ir y venir de acusaciones mutuas y de propuestas cómplices de diálogo. Esto es lo único que, desde que empezaron los juegos, no ha cambiado. Firmes como rocas en su inconsistencia.

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