Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Arrojo arrojado

OTRA prueba de la habilidad de Podemos para llevarse el ascua del debate público a la sardina de sus intereses particulares es el jaleo con el gallinero donde les ha colocado la mesa del Congreso. La polémica interesa a Podemos, porque lo de echarlos para atrás es chusco y la diferencia con C's y con el PNV, escandalosa, por mucha gracia que pueda tener a bote pronto el golpe bajo (o alto, por lo del gallinero) como contestación al espectáculo que dieron en la primera sesión. Pero, ojo, esto deja tres imágenes muy favorecedoras para Podemos: su diferencia con los demás partidos, su identificación con los marginados y el miedo que provoca. Un triple regalo publicitario, que ellos redondean sobreactuando.

Qué poca habilidad para plantar cara a Podemos demuestran los viejos partidos, con esa mezcla exacta de miedos cervales y desdenes extemporáneos, ambos injustificados, pero que se retroalimentan. El PP no defiende jamás sin complejos su posición ideológica, dejando libre todo el campo de las ideas. Y el PSOE, mucho echarlos para atrás, para luego morirse -contra el más sabio consejo de Felipe González- por pactar con ellos. Por donde podrían criticarlos, sin embargo, no lo hacen.

Lo tremendo de Podemos en estos momentos son las presiones que están ejerciendo sobre su único diputado electo por Zaragoza, el físico Pedro Arrojo, para que deje su acta en favor del número dos, que no salió, el ex general ex JEMAD, Julio Rodríguez. Las presiones también se usan con Echenique, líder de Podemos de Aragón.

Nadie está denunciando esta obsesión militar (tan inquietante) de Pablo Iglesias, que enseguida se pidió el ministerio de Defensa, y que tiene al ex JEMAD como la niña de sus ojos. Tanto, que yo me malicio que buena parte de sus exigencias y de sus prisas para formar gobierno son para colocarlo de ministro cuanto antes. Que Arrojo, el arrojable, sea un prestigioso científico todavía deja más en evidencia, por contraste, el feroz militarismo de Iglesias.

Jurídica y constitucionalmente resulta impropio forzar a un diputado elegido por los ciudadanos, que representa ya a toda la soberanía nacional, a dejar el puesto a otro porque al líder supremo le gusta más. Exhibe un caudillismo rampante y una ausencia de hábitos democráticos. Por no hablar de lo feo que éticamente sería si a Pedro Arrojo le ofreciesen, como se rumorea, cualquier otro cargo a cambio de arrojarse fuera.

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