Relatos de verano

Enrique García Máiquez

Aristócratas anónimos (5)

A diferencia de las investigaciones policiales, que, contra lo previsto, no avanzan, el éxito mediático y social de los Aristócratas Anónimos resulta desorbitado. En el extranjero surgen franquicias como los Jocosos Jacobitas, la Venganza de la Vendée o los Samuráis Sigilosos. En España, les surgen imitadores de baja intensidad. Todo tiene una repercusión social y económica. Las compañías contratan a filósofos e historiadores del Arte, las primas de seguros suben para los edificios horribles y se crean cementerios de monumentos modernos para mecenas vergonzantes.

CÓMO se distinguían las acciones de los auténticos Aristócratas Anónimos de tanto aristocraticismo callejero de baja intensidad? Estaba el comunicado, como una firma. Pero Yolanda sabía que a él le habría repugnado que sólo se reconociesen sus atentados por su firma, como si fuese un pintor moderno. Él había buscado una línea propia e identificable, un estilo, una voz propia; y vaya si la había encontrado, le concedió Yolanda, con un punto de orgullo que la turbó un poco: era la alta tensión. Los atentados auténticos tenían un trasfondo a la vez irónico, icónico e intelectual.

Así, cuando robaron de los estudios de la muy prestigiosa firma de urbanismo todos los documentos del PGOU de aquel pueblo de la costa. No evitarían que, al final, se consumase el desastre paisajístico, pero, como rezaba el manifiesto: "Aunque sólo sean unos días de retraso, merece la pena. Lo hermoso es para siempre. Si logramos retrasar el destrozo unas horas y, en ellas, algunos pares de ojos dejan que la vista les cale en el alma, habremos trabajado (atentado) para la eternidad". Yolanda, desde entonces, había acudido a menudo a aquella duna que no sería urbanizada tan rápido como estaba previsto gracias al caos legal e informático que los AA. AA. habían creado. Se llevaba a su nueva casa, un apartamento en una torre del casco antiguo, unos lirios de mar y los ponía en un vaso con agua. Y leía junto a ellos, como si fuesen una lámpara, que daba otra luz.

-Tampoco fue ninguna frivolidad -le confesaba a Paco- cuando volaron los estudios del productor de pornografía. Los agentes de delitos contra la infancia se molestaron, pues llevaban muchos años siguiéndole la pista, y ardieron algunas pruebas. Pero qué fuego más fresco. Las chicas que trabajaban allí no podían evitar aplaudir a las llamas, casi bailando alrededor de la hoguera, vestidas con las finísimas sedas rojas y amarillas del resplandor.

-Mis atentados favoritos son los comunicados, pura dinamita literaria. Basta que sugieran una lectura, como hicieron con Corazón de Edmondo de Amicis, para que el libro se agote en las librerías… -había empezado a decir Paco.

Pero enmudeció y se levantó de un salto que Yolanda no hubiese previsto en alguien de su edad. Ella se volvió para ver el motivo. Dos agentes traían apresado a un joven que, a pesar de venir despeinado y con las ropas revueltas, sudado y polvoriento, parecía recién salido de la ducha. Se veía a lo lejos que era otro kale borroka estético. Lo único novedoso era el nerviosismo de Azagra.

-¿Qué sucede, Paco?

-Yolanda, han detenido a mi sobrino Pelayo. Qué disgusto se va llevar mi prima, su madre, pobrecita.

Yolanda también se levantó. Pensó en Urrutia y en lo divertido que encontraría que el detenido fuese familia de Paco.

El joven al ver a su tío se disculpó por las molestias, y le dio un beso. El calor de ese gesto estremeció a Yolanda, que apenas tenía trato con su familia desestructurada.

-Éste la ha liado parda -dijo el agente sin que nadie le preguntase-. Ha volado el monumento a la Constitución de la estación de autobuses. No ha dejado ni las migas.

-Ahora es un monumento más figurativo, pues retrata fielmente el estado de nuestra Carta Magna -contestó, con una tosesilla falsa de disculpa, el muchacho.

A Paco se le escapó un conato de sonrisa que Yolanda cogió al vuelo. La pesadumbre también era sincera.

-Sus cómplices, vestidos de bomberos habían cortado el tráfico y desalojado la zona, así que no hay un solo herido. Se nos han escapado por los pelos. Cuando íbamos a coger a una chica, éste se revolvió y nos hizo frente. Peleó como un jabato, hasta que los demás huyeron. Entonces, paró en seco y no ha parado de disculparse ni de interesarse por el estado de mi mandíbula.

Ahora la sonrisa se le escapó a Yolanda. Pero detectó un brillo en la mirada de Pelayo que no era el de los detenidos habituales. Era el de los comunicados. La sospecha le erizó la piel. Le miró los brazos: en ellos podría muy bien haber bajado, desvanecida, los siete pisos de su extinto bloque de casas.

-¿Quién lo va a interrogar? -preguntó tratando de disimular su pulso acelerado-. Me gustaría asistir.

-Un interrogatorio en el que usted esté será un paseo bajo la luz de la luna.

¡Era él! No cabían dudas.

A las dos horas, fichado y con cargos, salía, como todos. Yolanda no podía acusarlo a cuenta de sus corazonadas y él tuvo la inteligencia de hacerse el tonto y esconderse en el bosque que no dejan ver los árboles. Pasó por otro imitador de los Aristócratas Anónimos. Yolanda lo llevó a la puerta de la comisaría.

-Entráis por una puerta y salís por otra. Algo me dice que esta vez no habrá un comunicado reclamando la autoría, ¿a que no?

-No, y será una lástima. Tenía bastante gracia.

-"Pelayo" es un nombre extraño, de conquistador, ¿no?

-De reconquistador, en realidad. "Yolanda", en cambio, es el nombre exacto de la posmodernidad que la intelijencia habría dado a Juan Ramón Jiménez. La soberanía máxima del individuo: la tierra o el país del yo.

-"Pelayo" también tiene un "yo".

-Nos unen dos "yo", un nosotros…

Una chica en una vespa azul esperaba a Pelayo. Tras el casco creyó reconocer los mismos ojos que tras el pasamontañas y la vara. ¿O la confundían los nervios? Porque estaba muy nerviosa.

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