Relatos de verano

Enrique García Máiquez

Aristócratas anónimos (3)

Yolanda Romero, subinspectora de la Policía, se despierta del golpe que le dieron dos encapuchados justo a tiempo para ver cómo su bloque de apartamentos y otros dos vuelan por los aires. El presunto terrorista que la ha sacado del edificio también le ha dejado una nota de disculpas. El comunicado reivindicativo es afable. Se autodenominan "Aristócratas Anónimos" y se califican de terroristas blancos, en el sentido ruso o contrarrevolucionario del término y en el de la terminología de seguridad en el trabajo. Se juramentan para no causar víctimas con sus atentados.

EL comunicado exasperaba a Urrutia por su tono menor, por su ofensiva frivolidad, que escondía un mar de fondo. Además, estaba celoso por el tarjetón que habían dejado a Yolanda, muy torpe desde un punto de vista criminal, pues los psicólogos y los grafólogos sacarían petróleo de esas letras manuscritas; pero bastante galante, tenía que reconocerlo. Él, que tanto lo había intentado, no la había tenido jamás entre sus brazos, y un terrorista de opereta, ni siquiera de extrema izquierda, la había llevado en volandas siete pisos. Le había dibujado en la cara, además, una sonrisa muy misteriosa, perenne.

La subinspectora tenía motivos de regocijo. Urrutia había cejado en sus insinuaciones. El tarjetón había levantado un muro invisible de delicadeza a su alrededor. Nadie temía una represalia terrorista por abordarla en un pasillo, eso no, pero los leves piropos del aristoterrorista la habían elevado, de alguna manera. Sintió, incluso, un burbujeante vértigo.

No podía distraerse. La ley es para todos y había que detener cuanto antes a los terroristas. Ella era una policía concienzuda. Y su implicación personal en los acontecimientos sólo aumentaba el deseo de resolver el caso. Ayudaba, se reconoció, la curiosidad femenina de descubrir quién era aquel hombre que la bajó en brazos y qué relación le unía con aquella chica tan poco amiga de los gatos y tan rápida en el manejo de la vara. Cayó en una probable pista. El impacto había sido un tiro de esgrima. La chica había flexionado la rodilla y le había desarmado con un golpe seco sobre la pistola y después había dado, con un giro de muñeca rapidísimo y preciso, el toque justo en la cabeza. Se abría una línea de investigación. La esgrima no es el fútbol. No costaría mucho encontrar a quien practicase ese deporte tan minoritario.

Empezó a sentir lástima por los aristoterroristas. Qué poco tiempo les iba a durar su aventura. En una sociedad tan gregaria, no podrán camuflarse, pensó, con una sonrisa de ternura policial. Yolanda hubiese preferido un buen best-seller de seiscientas páginas, como los que se bebía, pero esta historia tenía toda la pinta de que no iba a dar más que para un breve relato estrafalario.

Ni a tanta lectura como tenía pendiente le iba a dar tiempo. Porque al primer gabinete de crisis había llegado Paco Martínez de Azagra con unas cajas de libros. Dijo, repartiendo ejemplares:

-Como sabéis, a principios del siglo XX, los mandos ingleses que combatían el nacionalismo irlandés estudiaron El Napoleón de Notting Hill de Chesterton, pues era el libro que inspiraba a Michael Collins. Yo os traigo un libro que nuestros aristoterroristas han leído seguro. Es también de Chesterton, que parece experto en inspirar rebeldías. Se trata de El hombre que fue Jueves. Y he añadido El principio aristocrático de López-Amo, para aportar consistencia doctrinal a vuestras lecturas.

Urrutia, que despreciaba a Paco, dio un bufido:

-¡Cómo si no tuviésemos cosas que hacer…!

Pero Yolanda era metódica y concienzuda y, además, ahora no tenía libro: las enésimas sombras de Grey se habían perdido con su apartamento.

-Te mandan unas flores, Yolanda -se acercó un compañero.

Yolanda se puso roja, aunque no se había azorado desde la infancia. Y le dio rabia. Parecía que el golpe había sido con una varita mágica en vez de con un bastón. La había transfigurado.

-¡Vaya! Será del sindicato o del Ministerio, por el ataque…

-Viene con un paquete. Ya lo han visto en seguridad y dicen que no trae sorpresa.

¿No, seguro? El ramo era exuberante. Nada que ver con las flores burocráticos que alguna vez se mandan a un compañero herido en un acto de servicio. Yolanda metió la cara entre las rosas y el olor la refrescó por dentro. Dudó un segundo, turbada por tanto aroma. Se volvió lentamente, aún envuelta en el perfume, al paquete. Contenía un portátil y un libro. El ordenador era un modelo nuevo y ultrafino. El volumen era de T. S. Eliot y se titulaba El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum. Perpleja, lo hojeó. Saltó una tarjeta, como un gato malabarista, sobre la mesa. Sin leerla, sabía de quién era.

Querida señorita;

Con alivio he visto en los informativos que el varazo no le ha dejado secuelas. Haberla visto en televisión me ha reconciliado con ese invento del maligno e incluso sigo ahora las noticias, por si vuelven a entrevistarla. Le envío un ordenador para que reemplace al que perdió por mi feliz culpa. A su gata, por las molestias, le mando estos poemas del viejo Eliot. La edición es bilingüe. La gata preferirá que usted le lea los poemas en la versión original, aunque la traducción de Regla Ortiz es muy meritoria. Puede que el felino no hable inglés, pero simulará que lo entiende, y la dignidad gatuna es algo muy serio que merece todo nuestro respeto. El ramo de flores fue un regalo para mí. He tratado de que tuviera su peso, y cargarlo, con la cara pegada a las rosas, me ha traído a la memoria momentos muy felices de mi reciente existencia.

Suyo Affmo.

Yolanda lamentó en el alma que todo aquello fuesen pruebas y que hubiesen de ser manoseadas por peritos y psicólogos forenses. Pero lo que más le sorprendió fue la expresión de su pensamiento: "Lamentar en el alma". ¿Cuánto tiempo hacía que ella no hablaba de su alma?

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