La tribuna

Antonio Montero Alcaide

Aprender a enseñar no es fácil

POCAS cosas hay más antiguas que la educación, sin que sea necesario entrar ahora en los agentes que la procuran, las maneras de llevarla a cabo, los espacios en que se verifica y, sobre todo, los fines últimos que pretende. Es evidente, empero, que cuando se amplía el acervo de lo que una generación entiende necesario que debe ser aprendido por la que viene, cuando ese bagaje no puede enseñarse de manera más bien primaria (cazar, defenderse, valerse en lo cotidiano), la escuela aparece como instancia formal y, por esto mismo, la ordenación y el contenido de las enseñanzas -ya está ahí el currículo-, así como la capacitación apropiada para enseñar -ahí también la formación inicial para la docencia-. Sobre el qué enseñar, situándonos, de manera preferente, en el tramo de la educación obligatoria -de los seis a los dieciséis años en nuestro país, aunque un debate-sonda refiera la posible ampliación a los dieciocho-, no pocas han sido las controversias; si bien, la añosa instrucción elemental de las "cuatro reglas" y el leer con propiedad traen de la mano el análisis posmoderno de cuál debe ser el conocimiento básico imprescindible que un alumno alcance al concluir la escolaridad obligatoria.

Afirmaba Aristóteles, en el siglo IV a. d. C., que "no debe dejarse en olvido cuál debe ser la educación y cómo se ha de educar. No hay acuerdo sobre lo que los jóvenes deben aprender, ni en lo relativo a la virtud ni en cuanto a lo necesario para una vida mejor. Tampoco está claro si la educación debería preocuparse más por la formación del intelecto o del carácter. Y no hay certidumbre alguna sobre si deben practicarse las disciplinas útiles para la vida o las que tienden a la virtud, o las que salen de lo ordinario (pues todas ellas tienen sus partidarios). Respecto a los medios que conducen a la virtud, no hay acuerdo ninguno (de hecho no honran todos, por lo pronto, la misma virtud, de modo que difieren lógicamente también sobre su ejercicio). Nada nuevo, en fin, en la posmoderna desgana de nuestros días.

Convengamos, entonces, que la educación, por concernir a distintas instancias, es un espacio de confluencia y, por la relevancia de su objeto, una preocupación social. Así lo confirma el reciente Barómetro Joly de otoño, al que interesa prestar atención porque los andaluces mantienen como segundo problema de nuestra comunidad autónoma el de la educación. Los entrevistados, ante la pregunta referida a quiénes consideraban principales responsables de los problemas educativos, entienden, de manera preferente, que los padres (32,8%), por su falta de interés e implicación y sus actitudes, seguidos de la Administración Pública (25,5%), por su gestión de la educación, del alumnado (10,8%), por su comportamiento y escaso interés, y de los profesores (3%), ante su falta de motivación o formación. Pero en esta última hay que reparar porque, aunque no se considere problemática por los encuestados, su alcance es decisivo. Pongámonos en situación: un estudiante de Medicina, o de Derecho, o de Biología, cuando inicia sus estudios universitarios, maneja una expectativa profesional en la que la docencia, sobre todo en tramos de la educación obligatoria, no tiene protagonismo. Sin embargo, concluida la carrera, la falta de salidas profesionales ajustadas abre la puerta de la función pública docente, oposiciones mediante. Y, a tal fin, los conocimientos propios de la disciplina cursada se complementan con el "barniz pedagógico" del, hasta hace poco, Curso de Cualificación Pedagógica y, a partir de ahora, Máster para el ejercicio como profesor de Educación Secundaria. De resultas, aprobada la oposición, aquel médico o abogado o biólogo se encuentra ante más o menos treinta alumnos, en la Educación Secundaria Obligatoria, buena parte de ellos poco motivados y para los que la educación necesaria no sólo bebe de las cerradas fuentes disciplinares de las materias.

Pero la socialización profesional del profesor que las imparte sí es propiamente disciplinar antes que educativa: se considera, de manera general, mejor profesor cuanto más sabe de la materia que enseña, y entiende que le conciernen menos, porque no ha aprobado la oposición para ello, otros asuntos más transversalmente educativos. De ahí que apremie el debate sobre la formación inicial para la docencia en la Educación Secundaria Obligatoria (quien inicia los estudios para la docencia en la Educación Primaria sabe de sobra que ésa es la salida), aunque continúen perdiéndose oportunidades: el actual Máster se subordina a los estudios de la carrera, una vez concluida ésta, en lugar de establecerse, en el desarrollo de la misma carrera, una vía que faculte, desde el principio, para la docencia. Que aprender a enseñar no es fácil.

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