Relatos de verano

El Amuleto (V)

Antes de llamar a casa de su padre, Myriam decidió hablar con su hermana. Había desconectado el móvil y dejado el hotel, nadie, pensó, sabía cómo encontrarla en Buenos Aires, estaba a doce mil kilómetros de casa. De hecho, y sin que ella se enterara, Madrid mismo podría haber desparecido. La imagen idílica del día se quebró con el recuerdo del rostro agorero de su madrastra. ¿Era lógico lo que estaba pasando? ¿Merecía acaso Myriam, que nunca había molestado a esa mujer, una respuesta tan agresiva, un complot tan depurado? Bueno, se dijo, el mundo no devuelve lo que da, las cuentas con la vida no tienen por qué cuadrar, de hecho, casi nunca encajan. Y, como un mal sabor, una hostilidad que no conocía le subió a la garganta:

-Quiero que reviente.

Decidió que volvería a cenar al restaurante del Bellas Artes. Luego de todo un día de ejercicio, le apetecía uno de esos filetones que había visto que los turistas zampaban con fruición, se lo había ganado, además nada le gustaba tanto como inventarse cierta rutina en lugares desconocidos. Sabía cómo ir, y, al acercarse, vio que la plaza por la noche era quizá más hermosa y el lugar, encendido como un farolito, brillaba entre el verdor.

-Me lo he ganado, se dijo, me he ganado un buen trozo de carne.

En cuanto entró en el restaurante, vio que, en una esquina, sentada sola a una mesa, estaba la niña rubia del vestido blanco.

-Voy consiguiendo una rutina, pensó divertida, un encuentro en una gran ciudad. Dejándose llevar por el juego, saludó a la pequeña. Por sobre su helado, Myriam la vio levantar los ojos clarísimos y, por fin, recoger su plato para dirigirse a su mesa. En el fondo, se dijo, viéndola acercarse, aquello no tenía nada de raro. Una coincidencia, la aceptación de la misma. Y sonrió también, cuando la pequeña, con ademán educado, se sentó a su mesa.

-¿Quieres otro? ¿Te apetece algo más?

Pero la niña no parecía hablar castellano, simplemente sonreía con un gesto amable. Un poco cortada Myriam sonrió también. Es solamente una niña, no debe tener prevenciones, así que cenan en silencio en el restauran casi desierto. Cuando se levantan de la mesa a Myriam ya le parece natural que la muchacha la siga, que, en la calle, su manita fresca se una a la de ella. Caminan juntas por la Avenida hasta que, por fin, al llegar a la confluencia con Callao, Myriam encuentra un locutorio abierto. La niña no hace el gesto de entrar, la espera en la puerta. Consigue hablar con su hermana:

-¿Cómo está todo? ¿Y papá? Y…

-Myriam, ¿dónde estás? Te he buscado por todas partes, tengo un notición. La mujer de papá, sí, algo inesperado, una diarrea tremenda y vómitos, está internada. Y luego, la risilla de ratón de su hermana:

-Es como si hubiera reventado.

Cuelga el teléfono atónita. Al salir a la calle, como si fuera ella la que necesitara compañía, se coge de la mano de la niña y camina. "Es como si hubiera reventado, es como si hubiera reventado", la voz agorera de su hermana le resuena en los oídos.

A esa hora, la calle está prácticamente desierta. Pasea sin rumbo, en un vagabundeo raro, disperso, ajeno, no mira la ciudad sino que se asoma a su alma, a lo que sucede allí, un paisaje interior que minuto a minuto se hace más desconocido, más extraño, baja casi hasta el puerto, por fin retoma el rumbo hacia su casa. Ha sido un paseo muy largo, casi peligroso, por una ciudad desconocida, pero le ha hecho bien. La niña corretea delante de ella, brincando con sus piernecitas de gorrión, y cada tanto se da la vuelta para ver si Myriam sigue allí. Luego le sonríe con confianza, canturrea algo en un idioma que Myriam no ha escuchado jamás. Por primera vez en varios días está realmente desconcertada, casi absorta.

La recibe la dueña de la casa, con un vestido de florecitas tipo Liberty, tan rubia y peinada, toda colores pastel. Está a punto de salir.

-¿Y esa niña?

-Si no te importa, dormirá conmigo, mañana lo hablamos, si hace falta que te pague algo más…

-No seas tonta, ¡claro que sí! Los niños siempre son una buena noticia, ¿es tu hija? Yo tengo cinco, claro que ya no viven conmigo, por eso esta casa tan grande, a veces me parece que los veo por ahí, jugando o inclinados sobre un libro, aunque ya se han ido, no me decido a vender. A ver si tenemos un rato y nos tomamos un café.

-¿Y tu marido? En cuanto lanzó la pregunta se sintió indiscreta, pero en este país todo el mundo contaba su vida sin demasiados preámbulos.

-Soy viuda. Qué cosa, ¿no? Había imaginado una vida bien diferente, envejecer con él, todos esos planes que hacemos todas las mujeres… Y, de pronto, murió. Tardó apenas una semana en irse, más que triste me dejó atónita. Pero hay que tomar las cosas como son, viró, sobreponiéndose. Así es la suerte, gira hacia un lado o hacia otro sin previo aviso. Y ahora tengo un novio. ¡A mi edad, cuando ya soy abuela! ¡Qué disparate!

¿Qué edad tendría esa mujer? No representaba mucho más de cuarenta años, estaba estupenda. Ese tipo de cuerpo menudo y compacto también es una suerte, un don, pensó Myriam más tarde, mirando por la ventana hacia la oscuridad de la plaza, en camisón, con los brazos cruzados bajo el pecho. La luz de la luna hacía brillar el amuleto y el rayo pálido rebotaba hasta caer sobre la almohada, iluminando el rostro de la niña. En la cama, la chica apenas si ocupaba lugar, se había dejado poner una camiseta y dormía en una esquina, con las manos bajo el rostro, compuesta hasta en sueños.

-Una niña ideal, pensó Myriam, si algún día tengo una hija me gustaría que fuera como ella…

Aquello era absurdo a más no poder, ni siquiera sabía su nombre. Intentaría entenderse con ella, buscaría un intérprete, qué sé yo, cualquier vía razonable para aclarar la situación. Pero una noche es una noche, y aquella compañía cálida y muda le resultaba perfecta. Sí, era cierto, le había dicho a la casera que era su hija, pero aquello no había sido otra cosa que una respuesta rápida para salir del paso, una mentira sin importancia. De hecho, todavía no había digerido las noticias de Madrid, la voz de su hermana, su risilla, entre asustada y nerviosa: "Es como si hubiera reventado". Mañana, más tranquila, se pondría en marcha hasta encajar todas las novedades. Llamaría a su trabajo podía pedir, por qué no, una semanita más de vacaciones y un adelanto de sueldo.

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