La esquina

José Aguilar / Jaguilar@grupojoly.com

Akí meó

EN un almuerzo reciente, que pagaron los andaluces, le pregunté a la consejera de Educación si el hábito de los adolescentes de escribir mensajes de móvil simplificando la gramática -vamos, cargándosela- podría influir negativamente en su escritura. "Escriben igual en el papel que en los sms", contestó sin titubear.

¿Y ahora qué hacemos? Nuestros estudiantes de Secundaria tienen, en general, tan poca base de conocimientos de gramática -como de matemáticas o historia- que han optado por comunicarse por escrito llevando al paroxismo la ley histórica según la cual las lenguas tienden a simplificarse y hacerse sencillas. El principio del mínimo esfuerzo que los lingüistas atribuyen a la evolución de cualquier habla, ellos lo aplican también a la escritura. Lo mismo en un sms que en un examen, en un correo electrónico que en una instancia oficial.

Peguen la oreja a una conversación en el recreo de un instituto. No hace falta escandalizarse, pero algunos tienen faltas de ortografía hasta hablando, que ya es complicado. Precisamente en los alrededores de un instituto vi el otro día una pintada estruendosa: Akí meó X, símbolo de lo que vengo diciendo, encima de un reguero delator de que habían sido varios o muchos los que utilizaron la esquina como mingitorio, aunque sólo uno dejó la impronta de su analfabetismo urinario. He visto exámenes de universitarios con tal cantidad, y calidad, de faltas ortográficas que en otro tiempo no hubieran pasado ni el Bachillerato Elemental. Y entre los correos que recibo hay una buena muestra.

La evidencia de esta incuria intelectual puede afrontarse desde dos puntos de vista. Uno, optimista, tiende a pensar que la sociedad de la información ha impuesto nuevos modos de comunicarse a la juventud, que contra eso no se puede luchar y que, al final, triunfará la racionalidad, y los muchachos, cuando se incorporen a la vida profesional, hablarán y escribirán correctamente. Otro, pesimista, cree, por el contrario, que las tecnologías de la información seguirán dictando su ley aunque pase el tiempo y que los destrozos mentales de la edad adolescente serán irreversibles. Si se forman en la mala gramática, tendrán una mala gramática de por vida. Si no leen con quince años -que es una buena fórmula para escribir correctamente-, no leerán jamás.

No sé a qué carta quedarme. El contexto no invita al optimismo precisamente. Si se puede sacar adelante una licenciatura sin respetar la ortografía, si la tribu ha interiorizado que es normal orinar en la calle y dejar para la posteridad el akí meó, si en casa han tirado la toalla en cuestiones tan esenciales que la vulneración sistemática del idioma parece una fruslería a su lado y si el modelo social dominante es el joven ignorante desahogado, ¿qué podemos esperar?

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