Columna vertebral

Ana Sofía Pérez / Bustamante

Agamenón, de Phersu

EL pasado 30 de abril la compañía de teatro clásico PHERSU, de la Universidad de Cádiz, representó en La Lechera el Agamenón (458 a.C.) de Esquilo. Larga y sangrienta es la saga de los vesánicos atridas, desde que Tántalo ofreció a su hijo Pélope en banquete impío a los dioses. Resucitado, Pélope engendró, entre otros, a los gemelos Atreo y Tiestes, que se disputaron el trono de Micenas. Atreo, ya rey, llamó a su hermano y le sirvió guisados a sus propios hijos. Tiestes violó luego a su hija Pelopia sin que ella lo reconociese. Pelopia regresó a Micenas, donde Atreo, que había tenido con su primera esposa a Agamenón y Menelao, la desposó y adoptó al niño, llamado Egisto. Con el tiempo Egisto ejecutó a Atreo y restauró a Tiestes en el trono. Agamenón derrocó a su tío con ayuda de Tindáreo, rey de Esparta y padre de Clitemnestra, su esposa. Convertido en jefe de la expedición a Troya para reparar la ofensa infligida a Menelao, Agamenón inmoló a su hija menor, Ifigenia, para obtener vientos propicios. La tragedia de Esquilo se inicia cuando en Micenas se anuncia la victoria sobre Troya y el regreso de Agamenón. Éste ignora el odio que le guarda su esposa por el sacrificio de su hija, como ignora también que ella es amante de Egisto, con quien ha urdido su asesinato. El coro, un elemento dramáticamente difícil, fue lo más impresionante de esta puesta en escena dirigida por Antonia Carmona, profesora de la UCA, y Javier Fonseca. Un coro solemne, estremecedor, dirigido por un espléndido Corifeo (Arturo Rosales), que reflexiona sobre la guerra, donde hasta la mayor victoria está llena de dolor para quienes dejaron su vida lejos, sacrificados a una ambición ajena (igual ayer que hoy). Clama el coro contra los asesinos, que podrán tener razones pero nunca serán inocentes. Destacó en el montaje la escenografía, la luz y el sonido, y la actuación en clave trágica de Sonia Boy como Casandra. Gran acierto fue representar a Agamenón muerto (la muerte nunca se ve en la escena griega) con la metonimia del casco, símbolo de su cabeza de guerrero y hombre marcado por el destino. El público, fascinado, dio sentido a la pretensión de A. Carmona: mostrar en su raíz y pureza la vigencia del teatro griego.

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