La cornucopia

Gonzalo Figueroa

Adulterio

Es indudable que la lujuria como pecado capital arrastra desde siempre un lastre de malicioso atractivo. Sin embargo, también es notorio que, entre los actos lujuriosos, el adulterio tiende a sobresalir como primus inter paris. Y no es para menos, porque ya su definición lo hace vistoso, sobrecargándolo de aventurero disimulo. Miren si no: "Ayuntamiento carnal voluntario entre persona casada y otra de distinto sexo que no sea su cónyuge". Yo creo que, por mucho que hayan proliferado las orgías y juergas colectivas entre los escándalos de cada día, no hay comparación entre éstas y aquél. Mientras las primeras parecen chabacanas y vulgares, el encornudamiento goza de un picaresco prestigio, mal que le pese a la víctima del engaño.

Sin embargo, ahora en nuestra España, cuando los escarceos con maridos ajenos pasan a mayores, observo que, esporádicamente, más de alguna mujer se victimiza de forzamiento. Es lo que está pasando en el malagueño pueblo de Sierra de Yeguas, donde, según crónica de Juan Diego Quesada, de El País, el alcalde (PP) ha sido acusado de violación por su concejala de confianza, quien ha hecho públicas unas grabaciones donde el primer edil la acosa sexualmente, lo que ha traído como consecuencia la expulsión del partido al burgomaestre pecador. Pero la reacción de éste ha sido inmediata y ha denunciado a la presunta víctima por revelación de secreto y calumnia, alegando que era notoria la estrecha amistad y colaboración de ambos munícipes que, además, llevaban ya siete años de relación amorosa.

Sólo el juez podrá dilucidar en este enfrentamiento cuál de los dos denunciantes dice la verdad. Confieso que, en el asunto de marras, tiendo a desconfiar más de ella, porque la experiencia demuestra que no es común la violación en parejas de tantos años de romance, temiendo que, quizás, el marido haya decidido interrumpir la infidelidad para volver al redil familiar, y que su ex amante busque una venganza proporcionada a tamaña humillación. Pero si el juez condena al marido, me excusaré humildemente.

Quizás sufro la influencia machista francesa del "cherchez la femme", que de antemano culpabiliza a la mujer en todos los conflictos. Pero ya hacia 1330 lo decía en castizo español el genial Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, en su Libro de Buen Amor: "Mujeres alevosas de corazón traidor,/ que no tenéis miedo, mesura ni pavor/ de mudar do queréis el vuestro falso amor./¡Ay, muertas os veáis de rabia e de dolor".

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