EL SUEÑO DE GRECIAvi. Los paraísos artificiales

Como puede apreciar en las agotadoras asambleas de la Facultad, el gran invento de la democracia tiene sus fallas. H ha apostado por una militancia radical de orientación indefinida, que lo lleva a asociarse con extraños compañeros de viaje. La batalla de las ideas se proyecta en el ámbito académico donde los historiadores recelan de los filólogos. Una publicación que combina la difusa rebeldía con un trasfondo vagamente reaccionario es la modesta plataforma desde la que su activismo político evoluciona o degenera en una insana predilección por las flores mustias.

El sueño de Grecia V. La milicia de Floreal

Más que los grandes sistemas, a H le atraen las escuelas proscritas y en especial los epicúreos, aunque la doctrina original, demasiado razonable, le resulta menos seductora que su caricatura. El amor, desaconsejado por el Libertador como fuente de desequilibrios y penalidades, le parece, en cualquiera de sus variantes, un asunto irrenunciable. Vencidos pero no domados, los dioses se han reconvertido en demonios tutelares, a la espera de una segunda oportunidad que restituya los altares abolidos. Incitado por los poetas neopaganos, H anhela la hora del regreso.

El sueño de Grecia IV: Amor y ataraxia

El fin de siglo, que lo es también de milenio, tiene para H resonancias crepusculares, asociadas a las postrimerías del XIX y al grandioso ocaso del paganismo, representado por figuras trágicas como Hipatia o el emperador Juliano. De Roma y la Antigüedad tardía nació el linaje de los filohelenos al que pertenecieron Winckelmann o Byron y un maestro vivo como Agustín García Calvo, que une a la erudición la voluntad de disidencia. H sigue fantaseando, como el afrancesado Darío, con los revolcones en la floresta. Los viajeros de verdad no se han enterado nada.