Un portuense en Madrid

José Antonio Ortega Romero

El tornado

Llegaste a nuestra costa, demostraste tu fuerza y nos sacaste en los telediarios de toda España. Entre tú, y tu compinche el temporal, nos habéis dejado hechos añicos nuestros chiringuitos, las bajadas a nuestras playas y parte de la belleza de nuestro Puerto Sherry. Dejas tras tu paso a familias portuenses que ahora necesitan de la ayuda y solidaridad de todos para salir adelante.

Viniste avisando, pero te subestimamos y dejaste el rastro de tus consecuencias. Aun así, no pienses que nos has vencido. Pasaste arrasando, pero no pudiste con nuestra esencia. Nuestros vinos siguen en nuestras bodegas, nuestras obras de arte en nuestros templos y nuestro Toro al final de la calle Larga, que sigue presidiendo los días de claridad. Ni cien como tú puede con el brillo de la orilla en una tarde playa mientras baja la marea.

Y eso que no te has topado con nuestro Vaporcito, el cual te hubiera dado una buena lección de fortaleza. Seguro que, en su destierro en el varadero, las viejas maderas donde se posa lo sujetaban al límite para que, con las pocas fuerzas que ya le quedan, no te plantara cara en la mitad de la Bahía.

El Puerto resiste, a pesar de ti y de todos los que parece que quieren cargárselo. Porque existe cierta casta en el portuense que hace que se mantenga casi indemne a todo el que quiere hacerle daño.

Aun así, ya que pasabas por aquí, podrías haberte llevado por los aires todo aquello nos sobra. El derrotismo del portuense que reniega de su ciudad, y el pasotismo de ciertos políticos que basan su amor a El Puerto en la lucha partidista. Haberte llevado, querido tornado, las desigualdades sociales que tenemos en la ciudad, con familias con cada vez más dificultades económicas. No hacía falta dejar el incivismo que machaca nuestras plazas y parques, o que ensucia impunemente nuestras playas. Nos sobran violentos machistas que maltratan a sus parejas y niñatos de colegio que hacen la vida imposible a sus compañeros.

No hace falta que vuelvas. Aquí ya tenemos habitualmente tornados políticos, económicos y sociales. Nos basta y nos sobra. Espero que, cuando de nuevo llegue la calma, todos arrimemos el hombro para que lo único que zarandee a El Puerto sea una veraniega tarde de levante.

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