Balas de plata

Montiel de Arnáiz

El síndrome de Lady Di

La declaración de la presidenta madrileña tuvo exceso de huevos y falta de yema

Yespaña, una vez más, se divide en dos bandos: el que apoya a la Reina Sofía y el que va a seguir odiando la monarquía. Quizás ese pueda ser el corolario del incómodo incidente acaecido entre la Reina Letizia y su suegra en estos días de silencios incómodos y semanasanteros, como los de Cristina Cifuentes o sus profesores del Master. Asistimos a la muerte de la doncella dividida en actos, al teatral modo: un día se filtra una noticia, al siguiente la desmienten, al otro se amplía y así hasta el infinito, que es el morir. Mientras Cifuentes gastaba vacaciones y silencios, la Universidad Rey Juan Carlos temblequeaba y los Woodwards capitalinos se palmoteaban las espaldas mutuamente como diciendo "qué buenos somos".

Esto acabará pronto y mal para la presidenta madrileña, que será forzada a dimitir o será dimitida: su declaración de ayer tuvo exceso de huevos y falta de yema. Con su fin se escurrirán por el retrete muchas de las aspiraciones de remontada épica del Partido Popular madrileño (y español). Esta memez del Máster de pega, esas actas de quita y pon, esas firmas que sí pero no, esa titulitis seguramente exhumada del interior del propio PP -¡Al suelo, que disparan los nuestros!- desmembrarán el futuro político de la rubia que se hacía la rubia post-Aguirre. Y digo yo: ¿estará Esperanza ejerciendo de suegra? ¿Mirará con ojos sospechantes a la nuera que se interpone en la fotografía con sus nietas? ¿Habrá maniobrado en la sombra la Reina Sofía del PP para demostrar que ella no ha abdicado todavía su corona?

Pero volviendo al duelo de reinas, la imagen resulta más críptica aún si la traducimos al inglés de Buckingham: Camilla Parker-Bowles posó recientemente en la foto oficial de la familia real inglesa junto a Charles, algo alejada de la Reina-Suegra. ¿Pensará ésta que "buena te hará la que tras de ti vendrá"? Memoria histórica: cualquiera tiempo pasado fue mejor.

Mientras tanto, allende las Cataluñas, nos convertimos en avezados Peñafieles de opereta (o sea, en Peñafieles), leemos los labios, interpretamos los gestos, analizamos los juegos de muñeca y las miradas y revisamos el vídeo casi tanto como la chilena de Cristiano a la Juventus. La muerte de Diana Spencer la transmigró -Elton John mediante- en adorada princesa del pueblo, llevándola al Olimpo de la eternidad. Frente al encorsetamiento de la vieja corona oxidada, la frágil y ex-dolida ex-esposa supo ganarse al público (todos somos público, al fin y al cabo) con sus tristes entrevistas y sus grandes obras de caridad, dejando en entredicho la forma de ser de las monarquías europeas tradicionales, que tras su pérdida hubieron de adaptarse a los nuevos tiempos de los nuevos siglos.

Eso sí, se ha dado un hecho insólito tras el rifirrafe real: en España, la princesa de del pueblo no es la grácil Letizia sino la anciana Sofía, emérita y siempre profesional. Y la que sufre el síndrome de Lady Di es quien menos esperábamos.

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