Efecto Moleskine

aNA SOFÍA PÉREZ- BUSTAMANTE

Las gracias

Hay libros que cambian el mundo para bien. Pienso en La cabaña del tío Tom (1851-1852), la novela con la que Harriet Beecher Stowe contribuyó decisivamente a la abolición de la mentalidad esclavista en los Estados Unidos de América. Lo hizo a través de una historia donde "se ve" que blancos y negros son personas unidas y desunidas por afectos e intereses, y que conceptos como "supremacía de una raza sobre otra" son errores crueles y malintencionados, excusas para esclavizar y ganar dinero a costa del prójimo. Pienso ahora en la novela Patria (2016), de Fernando Aramburu, que trata del "conflicto vasco" desde dentro del País Vasco y consigue lo mismo: que el lector vea las personas de un lado y de otro, sin esas grandes palabras con mayúscula con que se enmascara la crueldad, la explotación del prójimo, la tiranía o matonismo del grupo, y la existencia de una élite en la sombra que nunca vemos, pero que opera como una red mafiosa que maneja muchas vidas y mucho dinero. La novela de Aramburu tiene un final soberbio, casi sin palabras. ¿Y nuestra realidad, la que está fuera de la novela, la que nutre la ficción? Ahora que la policía está descubriendo zulos y más zulos de armas terroristas, viene la banda diciendo que va a entregar las armas. Uno se pregunta por qué ahora, qué armas, y a cambio de qué. El nacionalismo terrorista no tiene fundamento ético válido: es una ofuscación histórica que ha degenerado en violencia histérica. Ya lo decía Miguel de Unamuno: "Histeria, germen de historia; historia, colmo de histeria". ¿Qué les vamos a dar a cambio de sus armas? Parece que ya no quieren sangre, así que querrán dinero, los más oscuros. O querrán "legitimarse", los que se consideran más idealistas. Como ese catalán que viene dando ahora lecciones de nacionalismo sin verter sangre, como si el germen del odio y el cisma interno no fuese una violencia que envenena y esclaviza. ¿Qué se le puede dar a quien te perdona la vida que previamente te estaba quitando? En mi concepto de civilización, no se me ocurre otra cosa más noble, más difícil ni mejor que darle, sencillamente, las gracias. Ni menos, ni más.

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